Por Joséagustín Hayadelatorre*

Crédito de la foto (Izq.) Facebook del autor/

(der.) Ed. Amargord

 

 

3 poemas de un bosque ardiendo bajo un mar desnudo (2016),

de Joséagustín Hayadelatorre

 

 

 

Lenguaje de los bosques

 

El pez en la charca, en la poza,

náufrago o polizón,

ciñe su respiro

hasta el fermento de su espinazo.

 

Doy testimonio de lo sagrado y otras herejías; de la teología de la caléndula y el rayo de luna desplegándose en su polen, del esqueleto del pelícano que aún presume su buche lleno, de los insectos zarandeando la tela de araña y de quien levanta con barro y horcones de huarango su casa. Repito el diálogo de las cortezas desprendidas en busca de la enseñanza y del libro constantemente escrito en los anillos de los troncos, y ofrendo cual centinela el silencio de la luz extraviada en la luz. Migro en este follaje, de la página en blanco al signo invisible que de ella emerge, a las cumbres, a las raíces tuberosas, a los sembríos, a los humedales y a las tundras, en armonía de lo disímil. Y oro por las muertes que sobreviven y por la caridad del agua, hasta el gemido compasivo de los lobeznos antes de la primera caza estival.

 

El oleaje y las estaciones,

cautivos de la distancia del sol,

 acogen a los bienaventurados

en todo destiempo.

 

Percibo en el desove del salmón un bosque de arenas sumergidas, la estancia del grano unida al grano, donde la misericordia se iza en las algas y recibe azarosamente posibles crías. Asisto a la perseverancia de los témpanos, a la edad del hielo intensamente azul en sus costuras donde quedaron atrapados algunos animales balbuceantes y aún se escuchan tímidos coletazos de sirenas. Y al remar esta barcaza otros son los anzuelos y otros los sedales que he de lanzar cuando esclarezca la niebla: un bosque de piedras se levanta al pie del desfiladero como un panteón florido donde anidan seres inimaginables: utópatas y metafísicos transformadores de la materia, quienes conversan entre sí, en silencio, adoptando las formas de la erosión: en lo escarpado, como torres de aire, redescubren sus equilibrios.

 

Entrelazadas las aguas

aflora un bisbiseo

donde esculpir lo inhallable:

clarividencia, clarividencia…

 

Son estos días en que los dioses despiertan enfermos, imagen y semejanza, imagen y semejanza… Días en que las crisálidas rompen sus envolturas y cortan el viento en el sentido de la sobrevivencia; días de salud para los espantapájaros, cuando los cuervos arrasan con las mazorcas y los gusanos dejan intacto el corazón de las manzanas en designio de nuevo germen; días en que las hojas reciben advertencia antes de ser desprendidas…

 

Fosforescencia de la visión inaudible:

éxtasis y sosiego

perduran en la confrontación

de sus elementos.

 

 

 

Composición de la luz

 

Nací en la supervivencia del vacío. He adoptado

la postura del azogue, los légamos de la distancia

para bordar este veneno líquido y extenderme

hasta la resplandeciente oscuridad del infinito

y construir el universo. Desde entonces,

velo por las cribas de los relámpagos musicales, por el sonido

de los campanarios a la medianoche y por la espuma del galope

de los hipocampos. Tomo los retazos del paso de la luna

y el sol, a veces el polvo de las estrellas, y los amaso

en las cenizas marcilladas por algún viejo labriego:

mi creencia proviene de la blanquecina cal,

del embalsamiento de las semillas y sus frutos,

en ellos el enigma de la claridad se yergue en su interior.

Desde entonces, también, escucho en los tornos

a mis irritadas clavículas evocar el sabor del barro

de los pies: lumbre de las fuentes de aguas

dilatadas. Y oigo el silencio compuesto.

Un arco de acero surca mi respiración;

he hallado la ternura en las grietas de la existencia,

agolpado el corazón. Esta es la presencia del segador,

núbil en los dobleces de los trigales, acucioso en cualquier tajo.

Delimito el equilibrio si se extravían los fieltros, las acémilas

incineradas, los mares nocturnos atravesada la niebla:

roza el viento mis labios, la brisa salobre acaricia mis mejillas

y me hundo en la tierra.

 

Mi convicción es la del buey, no importa

el yugo, sino labrar la tierra para la siembra

de los alimentos. Quedarán en ella algunos restos míos

que serán nuevos brotes. Mi único refugio

son las flores. Sólo a ellas las puedo nombrar

como flores. Por ello, disiento de los hálitos tajantes,

cuyas raíces se alimentan de relaves, pues aparezco

en la sombra de las malvas, en el laberinto de los caparazones

de las caracolas marinas, en el incierto instante

en el que las mandrágoras deciden abrir sus fauces.

Así resplandece la esencia, palpando el ardor

de las fieras, su temperamento sigiloso al momento

de la cetrería.

 

Mi edad es anterior a la de los vestigios.

Mi nombre se escribe en los candiles y reposa

en la flama de los dioses. Mi cuerpo

es extraño a la muerte; existo posterior a ella

y en ella soy. Yazgo en el resoplo de los escombros.

 

He sido ruina en los despertares y soy cimiento

en la desaparición, el habitante más certero de la oscuridad

que habla sobre el afable filo de los celajes. Yo recito

las lágrimas en las lápidas irradiadas del alba, las estampas

de la clarividencia en los entierros: soy centro y éxodo,

persisto ante el parpadeo.

 

He aquí el signo de la creación. Sólo existo

en el otro. Me determinan mi calidez nómada

y mi circunstancia sedentaria. (La unidad de la luz

es fragmentaria ). Así, el tamaño de mi ausencia.

 

para crp, rp y mj.

 

 uajh

 

Virtud de la ceniza

 

Inauguremos el tiempo: galopemos un instante entre las nubes sobre un pez espada.

Abajo, entre la multitud que arde, la mujer del pantano reparte pan ázimo, algunos jazmines y nos invita a dormir ente juncales. Lleva flores en su vestido, también.

Otros, con alivio, recogen las migajas que deja a su paso.

 

No, no son espectros. Los sinodales huyen hacia las salitreras; buscan secar sus pieles y emparentarse con algún mendigo: salvación, salvación, salvación. Pero los delata la caída de la luz, otro punto de fuga.

 

Otra densidad. Las costillas sobresalen… Ni un par de mantarrayas ni un cántaro satisfacen la necesidad. Ni el aliento de un roedor se satisface. Alguien asecha con el sonido de un arpa.

Otras embarcaciones surcan la tierra, mientras hierven lejía para los rituales y unos cuantos despejan sus pensamientos con esos vapores.

¿Cuál es nuestra proximidad, un tú, un yo? Y el hombre, seas tú, sea yo, sea él, que vence a sus adversarios, impasible, sujeta un libro y lo glosa. Confía hallar respuesta en unas palabras que no las convierte en suyas. ¿Qué porción de este mundo se sostiene en tus pensamientos?

¿Cuántas manos de mujeres se hallaron bajo tu túnica? Sí, la suavidad de los dobleces, tus muslos ejemplares, la higiene de tu barba.

El silencio dejó de acompañarte. Evitas mirar tu autorretrato, un cambio de perspectiva.

Y en el cielo, otros graznidos atonales. Otros viajantes que contemplan las cúpulas caídas y la del hombre al pie de otro hombre de antiguas vides sujeto a una pared.

 

Y entre cuchillos, bufones y limosnas migran las rémoras. Y algún ejército en batalla. La férula ata distintas confesiones según el grosor de las cerdas, una magnitud escindida del ruido.

Qué delicado es el dolor en ángulos curvos.

 

Discurren botellas vacías y deambulan los sexos. ¡Cópulas! Aun así la mujer del pantano sigue con sus atenciones, ahogada en un reflejo que la ve partir.

Y continúan los cánticos de las hojas afiladas, atravesando las cofias de paja o granito.

 

Y arden, arden los molinos, los montes, los cuerpos desnudos, las mesas servidas y los galpones. Arden las fantasías y los fantasmas.

Nadie conmueve al hombre, medita sobre su lectura: qué versículos, qué aforismos, qué pararrayos lo circundarán. Qué sangre sangrará. Divinidad, divinidad, repite, intentando la doma de las fieras. Suero de los feligreses.

¿Cuál es el origen del lenguaje, de tu lenguaje, de nuestro lenguaje? Hazme saber de tu ausencia, aunque ocupes un espacio.

 

¿En qué plano situarnos? Las aves picotean sus huevos y algunas larvas, ambos mantendrán su latido y el olfato de alguna piara. Ya habrá tiempo para morir.

Tantas cruces y cadalsos y extremidades desparramadas.

¿Dónde estarán los trajes de los padres, de las madres, de los hijos? Qué importan las corbatas, los yelmos, los guantes y las monturas, las azúcares y los gritos de las arañas bajo el agua.

 

¿A qué temperatura bulle lo que se desea extinguir?

 

Las noticias de los pueblos vecinos llegan con retraso y algunas apariciones.

Otros cabalgan sobre una hoz, sobre olivos, sobre una babosa que engulle otra babosa. Aún el resabio de la saliva de distintos cuerpos parece saberles bien.

Y da la hora del castillo, del monasterio, de las hogueras y de someter algún gigante. Todo sea sacro, se proclama. Y el agua del río, el agua del río sea seca.

¿Quedará en el horro algún grano o algún amor prohibido?

 

¡Cláusula, cláusula! Se incinera la simultaneidad. Condenaron al brazo izquierdo antes de tensar la tela en el caballete o de distinguir las vetas del retablo. Divina proporción.

Alguien intenta volar una cometa entre tantas tentaciones. Epifanías y otros sudores. Han sido dos antes que uno y uno antes que tres, égida del temor.

¿Cuál la finalidad? Solo la errancia y el secreto de la efigie.

Esta oscuridad no es ausencia de luz. El verbo es pulso de la muñeca, lo que el tiempo hace suyo indeterminado, alguna realidad,

virtud de la ceniza refractada en la retina.

 

 

 

 

 

*(Lima-Perú, 1981). Poeta, curioso y fragmentario. Licenciado en literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú), magíster y candidato a doctor en literatura por la Universidad de Salamanca (España). Es cofundador del grupo de creación y publicación Sociedad Elefante, en 2000. Ha publicado en poesía Canto de la herrumbre (2006),  Nocturno del alba (2008) y un bosque ardiendo bajo un mar desnudo (2016).

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