Por Enzia Verduchi*

Crédito de la foto (izq.) Vaso Roto Ed. /

(der.) la autora

 

 

3 poemas de Nanof (2019),

de Enzia Verduchi

 

 

Interrogatorio en el psiquiátrico de Volterra I

 

i.- ¿…?

Me arrancaron los ojos aunque las cuencas están llenas del cielo

de Toscana. Espejos azules. Dos gotas suspendidas y móviles

que observan el mismo muro de arcilla cada mañana.

 

Me desgajaron la visión del mundo, dicen ellos:

 

La nieve manchada con la eyaculación de nuestros asesinos.

Las colinas minadas con el silencio de nuestros asesinos.

La mar resguarda el peso y el plomo de nuestros asesinos.

 

La córnea es más ligera y nada acalla la verdad del aire,

el desplazamiento de la nube, las formas de la nube, la fragilidad

flotando sobre nuestras cabezas.

 

En esta brevedad de Volterra, paraíso de higiene mental,

el mundo posible es el cielo.

 

ii.- ¿…?

Esa luz aséptica que lastima de tan pulcra. Ese olor a medicina que provoca el vómito. Esta sima del infierno con veinte lavabos y dos letrinas por cada doscientos alienados. Dos mil locos respirando al unísono el excremento científico de la experimentación. Dos mil cabezas afeitadas. Esa intermitencia en los focos de 100 watts por cada descarga eléctrica en nuestros cuerpos.

………….¿Cuerpo? Una pila, un puente entre protones y electrones. Células nerviosas. Rayo que parte el encéfalo como una nuez. Células muertas.

 

No, yo no conozco mi cuerpo ni el deseo al inicio del siroco.

No, no reconozco esa fosforescencia en la punta de los dedos.

No, no sé quién es el otro en el espejo con las encías abultadas.

 

………….Ese que escribe ecuaciones en el vacío y repite hasta el cansancio, con los testículos al aire: “Lo que no mata, fortalece… Lo que no mata, fortalece… Lo que no mata, fortalece”.

 

No, yo no conozco mi cuerpo, pero voy hacia mí.

 

iii.- ¿…?

El expediente 241167 ha capitaneado más de setecientos vuelos con barbitúricos.

………….Ha visto la diversidad de la luz en el espectro solar. Ha soñado que su madre le sonreía detrás del vidrio que los separa en el pabellón. Con sus manos cubrió las pequeñas cicatrices, las hendiduras de la aguja hipodérmica. No quería perforar el sueño, horadar el cielo.

 

Madre efedrina, rescátame.

Madre de todas las anfetaminas,

devuélveme la voluntad por un instante.

Escucharé cien gritos y cien gritos

más se anidarán en la cabeza.

Señora adrenalina, devuélveme

la paz alterada de quienes viven

sin saber de estas paredes,

y barrotes que me resguardan.

 

………….Lo hallaron colgado en el árbol de olivo, desnudo. Una mosca erraba por sus labios.

 

iv.- ¿…?

De niño observé un tiburón enorme, medía quizá tres o cuatro metros, debió haber sido apaleado por no menos de cinco hombres en alta mar para que sucumbiera. Yacía en una plancha de concreto; a un costado, un tipo afilaba una cuchilla para reducir al pez en postas. Jamás olvidaré la mirilla extraviada, la mirada vidriosa, muerta del escualo: me persigue en el sueño y en el insomnio.

 

v.- ¿…?

Escucho caer una por una las gotas sobre la tierra de Etruria. El silbo del cielo es gemido. Lo sé, Dios no es perfecto, ¿puede ser dolado quien arriesga la fe en el sitio de Volterra?

………….Las cárceles de la razón despojan el alma de sus formas.

………….Noche ámbar, oscuridad sin reposo donde el relámpago es tortura. Miedo de cerrar los ojos y perderme en la insistencia del agua, en el bautizo secreto del infierno.

 

 

La poeta Enzia Verduchi.

 

Interrogatorio en el psiquiátrico de Volterra IV

 

i.- ¿…?

Mi querido, amado asesino

a quien ofrecí la sien y las venas,

que has insultado la condición humana

allanando mi carne con pródigos ensayos.

No sabes leerte a ti mismo,

no distingues entre la risa y el llanto,

pero acallas el centelleo de la locura

y llevas al equilibrio en un bosque oscuro.

Ángel de la guarda, exterminador de neuronas,

me has dado paredes blancas y techos altos,

me entregaste al anonimato del número

y borraste el último recuerdo de una caricia.

Homicida que blandes la aguja

y dejas circular la muestra alcaloide de tu amor,

no me abandones, abrázame,

abrázame hasta asfixiarme.

 

ii.- ¿…?

La madrugada despunta los caminos del furor, los recovecos de la mente alientan la carrera en el espacio donde habitan los que soy. Tres veces llega el mensajero y entume el ánimo con cinco miligramos de haldol.

 

………….La lucidez de signos y cifras se comprime en la nuca.

………….La agilidad del nervio se aletarga en el húmero.

………….La luz y su equilibrio se quebrantan en el ojo.

 

………….Entre omisiones, en las vacantes del día, respiro. Inhalo y exhalo entre paréntesis, sin saber qué queda fuera, sin saber qué resta adentro. Tengo envarada el alma.

 

………….No, no sé quién mira fijo al sol en la canícula.

………….No, no soy yo quien observa la mosca desovar en el cristal.

………….No, no conozco al ciego de pupilas de plata.

 

………….No soy el vidente, pero vislumbro mi caída.

 

iii.- ¿…?

El expediente 181030 es un soldado que sufre valor artificial.

………….Tres tragos de grapa para el frío. Fumar, aspirar con la boca inflamada; agazapado en la trinchera. Un rifle en las manos: hiere el sonido del disparo. Hiere el trayecto incierto de la bala. Hiere el saberse lejos. Sólo el aguardiente funde fantasmas en la niebla.

 

…Mambrú se fue a la guerra,

nadie quiere este temblor de acero,

este miedo como diáspora de hormigas

que irradia por debajo de la piel.

¾¡Qué dolor, que dolor, qué pena!

En el puño caben las arenas de Abisinia,

entre las palmas los montes de Albania,

las noticias que traigo son tristes de contar:

Mambrú ha muerto, patria,

y el regimiento tiene seca el alma.

–¡Qué dolor, qué dolor, qué entuerto!

 

………….Cada mañana, en el patio del hospital, recuesta el cuerpo contra la pared: espera ser fusilado.

 

iv.- ¿…?

De niño lapidé a un perro. Cincuenta piedras contra un patituerto que movía el rabo cuando olisqueaba a los chicos del barrio. Estúpida tribu de miserables, ajenos a los secretos del agua y la conciencia.

………….Mientras alguien velaba a las ballenas en el mar de Islandia, nosotros apedreamos a un perro. Y en las noches aún perseguimos un refugio para eludir el llanto.

 

v.- ¿…?

Dios, tu presencia me incomoda. Lo que se hace y dice en tu nombre, me incomoda. Las maneras de mostrarte en Volterra, me incomoda.

………….Prefiero el lenguaje cifrado de los ríos, el suave vórtice en el caudal de L’Era. El silencio en las colinas, cuando el viento abandona el valle del Cecina y las nubes descansan en los ojos.

………….…entonces el dolor es lejano.

 

 

  

Postal: Pabellón Ferri, sección 4, 24 de noviembre de 1994

 

Se fueron Pietro, Silvia, Edoardo, Hilaria,

arrastrados por la melancolía: todos están en el muro.

 

El hermano de Pietro, el padre de Silvia, la mujer de Edoardo,

la hija de Hilaria, ¿tuvieron un cuerpo qué enterrar?, ¿vieron

las marcas de ligadura y de piquetes en sus brazos?, ¿la tráquea

limada por el paso de píldoras y pastillas?, ¿acariciaron

las huellas de electrochoques y de lobotomías?

 

Estábamos equivocados en nuestros defectos,

en los estigmas de la esquizofrenia, en nuestras visiones

de cielos púrpuras y santos revolucionarios.

Los errores eran nuestros: la creencia, la fe, era nuestra,

nos acompañaba de día y nos atormentaba de noche.

El deseo que viajaba como tren bala era de Luigi, Filipo,

Pía, Andrea. La exudación y la exactitud del dolor eran de ellos.

 

¿Alguien tomó las palabras de Luigi?, ¿la piedra

de la extracción de la locura de Filipo?, ¿los gemidos

de Pía?, ¿los cortes en las muñecas de Andrea?

 

Las conversaciones y la música de la banda desafinada

los sábados en la plaza son nuestras. La plaza

es nuestra, así como el mercado y los aviones

sobrevolando el pueblo con sus vientres cargados

de bombas, los estallidos y los muertos son nuestros.

 

Las preguntas a las que nadie daba respuesta,

preguntas sin forma ni peso, eran de Piero, Matteo,

Hilaria, Domenico, así como las piedras y la indiferencia.

 

¿Quién puede explicar la transparente tristeza de Piero?,

¿los temores de Matteo?, ¿las contusiones de Hilaria?,

¿los párpados cansados de Domenico?

 

Todos se fueron, pero cada expediente lleva sus nombres.

Detrás de cada número y clave, están sus nombres.

Aquí estuvieron, pisaron la tierra húmeda y asistieron

en fila india a la fiesta de san Justo, patrono de Volterra.

Suyas fueron las risas y las cintas de colores en el pelo,

los alumbramientos.

 

Nuestro el largo pasillo al quirófano, el olor supurante

en la piel, el enjambre de moscas alrededor, el aullido

por la abstinencia y la ceguera. Las costras, los sueños,

los tajos, los errores son nuestros. Nuestros los nombres,

los caminos ceñidos de la colina, las lágrimas,

la torpeza.

 

Somos “los de adentro”, a un paso de estar

a tres metros bajo tierra dando carcajadas de hiena,

los alienados, los podridos de la mente, los distintos,

los anímicamente desmembrados.

 

Somos los otros, somos nuestros y sobreviví para contarlo.

 

 

 

*(Roma-Italia, 1967). Poeta y cronista. Licenciada en Periodismo y Ciencias de la comunicación por el Instituto Campechano (México). Reside desde los cinco años en México. Fue becaria del Centro Mexicano de Escritores (1992), mismo año en que obtuvo el Premio Nacional de Cuento Efraín Huerta. Fue becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (1996 y 2003). Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México 2004-2007. Ha publicado en poesía “Cartas de usurpación” (1992), “El bosque de la hormiga” (2002), “Groenlandia” (2018) y “Nanof” (2019); y en crónica “40º a la sombra” (2013) y “Los segundos y los días. Breviario sobre el temblor” (2018).

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