Por Yanina Giglio*

Selección por Denise Griffith

Crédito de la foto (izq.) la autora /

(der.) Ed. Liberoamérica

 

 

3 poemas de Corva (2019),

de Yanina Giglio

 

 

Márlon

 

Estamos bailando hasta la playa;

el carnaval trae un pueblo decorado

que marcha mostrando la pulsión

del empeño montada en brillos,

quiero, yo también, tomarme

ese arte en las uvas del valle de Pisco,

porque desde un borde contra Perú

un chico de quince años

sueña con ser dentista en Maiami

y casarse recién a los cuarenta,

tener buena casa, mucama, un solo hijo

y una nana. Volver a Máncora

cada verano y en una casa frente al mar reunir

madre y hermanos para repatriar

los regalos como abrazos y bailar la salsa

y comer chupín y rememorar de lejos

la pobreza. Hace siete años que trabajo

dice Márlon:

una señora que veranea aquí cada enero

quiere ayudarme, pagará mi carrera,

por eso tengo que estudiar; ella cree

que tengo futuro si hago siempre

lo que me pida…

Quiero un Máncora sin veranos: porque

no miente el martirio de overol conmigo.

Dejo la playa esta misma mañana.

Luego de una escala técnica en Tumbes,

a la noche, Buenos Aires también me ahoga:

no podría volver a ignorar a nadie más.

 

 

 

Rosa negra

 

Ella es un interior.

Todo ha sido demasiado y ella se irá.

Y yo me iré.

Alejandra Pizarnik

 

Estarás tejiendo lunas; preparando

la cena, te olvidarás de la misericordia.

Ya no será posible hablar con vos. Estarás entrando

en una cueva fantástica lejos de lo palpable.

En ciertos lugares de tu carne, la electricidad

solo es alimentada por el miedo a la chispa.

Y la inhibición de ese fuego te acusa de cobarde,

sin bizarría para volver al mar

en la casa de coral y selva. Siempre verte ahí:

anunciando la partida cuando la puerta

me abra. Y yo no estoy hecha de metal,

soy más bien una rosa negra en el jardín,

jugando entre las llamas, una rosa negra que se vuelca

atenta a florecer en lo infernal de tu yerro.

¿Quién pudiera hacerte vibrar otra vez y otra más?

Sé que puedo levantarme en andas, llevarnos dentro

como un boceto: vos, parada a contraluz, dándome tu mano

la mano de acá hasta el sudor, los pies

dentro de tu cobra, reptarme añorando el vacío,

las cuatro piernas ciñéndose por la bocanada,

que amalgamó nuestras fuerzas sutiles.

Sos la ciénaga, podés hacerte tuya tras el vendaval;

yo también, soplando, me olvidaré del suelo, me juntaré

pétalo por pétalo. Ya no habrá una sensación cerrada

o secreta en mi costado, se habrá ido el humo;

alzaré la frente, miraré estoica, confundiendo voluntad

con letanía. Rodaré. Seré una mujer perdida apuntando

bien arriba. A vista de pájaros, me regalaré la pasión

de un cuerpo. Espero no hacerme más. Es cansador

elegir las máscaras. Llamarme cada mañana. Dónde estarás

para extrañarme así como decís: sin deseo. Un suave estupor,

la misma intimidad con vos misma. No podés

abrir la clave intrínseca.

Quisiera que entendieras

que una coraza solo contiene a la fuga,

a la merma

de la esencia.

De eso

saben las plantas,

dijiste al dibujar

una flecha

en la última caverna.

 

 

A tu animal

 

Venís a mí en forma de tormenta. Que hay

un inmenso muro, que yo lo trepo,

que te sorprendo. Así, como de mañana,

llegar a la maravilla del color y sentir alas;

es ya una calamidad en espiral, mezclar

amar con envejecer. ¿Qué misteriosa idea

del tiempo de sí le insinuó la cueva de mí?

Tenía ganas de probar un mito más. Si dijéramos

que estamos lejos sería cierto; estoy viendo

y amando tu pasado y si amo tu pasado ¿cómo no

desear pertenecer? Y vos me cuidaste

como se cuida un bonsái. Destreza y práctica,

no más.

No hay quien me distraiga, estoy atenta

sigilosamente atenta, acabo de quedar

entre dos aguas. Porque no te puedo

esperar, eléctrica, la noche raya mi corazón.

Y es como un fuego, tu respiración en mi

cabeza imaginaria. Lo sabrán los animales y yo.

Como ellos, tengo las marcas encendidas

Sangrantes, volcánicas. Además, relampaguea

donde está la duda, como una silvestre

manifestación de la memoria.

Temblabas y yo sin dejar de soplar. Así, lo hicimos

cotidiano, pero se ve que había

que revolver, sabés que hasta los huesos

no paro. Ahora, con las manos ya no puedo tocarte,

solo consigo que te vayas. Pero no insisto,

le dejo al viento su marea altisonante,

que algo de mí te llegue. Esa es la sensatez

del nombre. Su boca de trama todo.

Por lo que entiendo del dolor,

es mi heroína quien llama: tengo

que aprender a oír, no hay que huir,

que te equivocaste, oíste mal,

unir, mejor unir. Como siempre, la reacción

es tan lenta como irte a otra estrella.

Será la cura para todo mal. Ese, el amor que

no se espera. El amor desaprendido.

Cómo es que se puede volver

a tratar de ver la belleza. Es este

el punto. Sabés lo que digo,

eso, arder en la belleza, no te sigas yendo,

arder en la belleza, quedate. Te necesito inquieta

para poder entrar en el movimiento,

esa inspección del propio cuerpo ante el latido,

pulsión de tanta sangre que se entrega. Creceré,

aumentado el vértigo,

las manos querrán tocar. Y eso no se puede,

entonces llorarás a la mañana

apenas sepas que el día te cruza. Porque estoy

buscándote a mansalva. Ni me despido ni me imagino

lejos. Arder, dije. ¿Por qué

nos quedamos en el hueco del tiempo

y nos atamos, enredamos las pupilas

con lo indecible?

Ya sé por qué, porque está

el silencio. El aire. La llama que

se apaga. El carbón de la belleza. Hasta ahí

y a bailar entre cenizas.

Intento traerme de vos una espiga, me hace ser

leve, andar a mis anchas. Para traerte, hay

que dejar que respires. Que saques del agua

la cabeza. No puedo darte una palabra,

puedo darte aire. Ya juntarás las ganas

en la boca y gimiendo saldrá de vos esa,

la que se suelta. ¿Me puedo poner a llorar

ahora así plateada? Sí, es para aullar, mi sol,

mi cielo, mi aliento, que cueste tanto hablar.

Porque el agua que no calla, su rueda de piedra,

sigue esperando ser oída como un borrón

y cuenta nueva,

entonces,

cuánto cuesta por fin

mirar de frente y a los ojos

la necesidad de ojos que nos vieran

rumiando, yo voy a estar bien

yo voy a estar bien

yo voy a estar bien.

 

 

 

 

 

*(Buenos Aires-Argentina, 1984). Poeta y comunicadora social por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Obtuvo un PGCert en Escrituras: Creatividad Humana y Comunicación por FLACSO y se diplomó en Neurociencias y educación por la Universidad de Morón. Se desempeña como correctora de estilo, coordinadora de talleres literarios, cofundadora de Odelia editora y crítica cultural en radio y prensa digital. Ha publicado en poesía La Do Te (2015) y Corva (2019).

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