Vallejo & Co. publica los presentes prólogos de Siomara España y Verónica Aranda como réplica al comentario crítico que, en esta misma revista web, publicó Aleyda Quevedo. En ese sentido, pese a que esperabamos lograr un debate entorno a la curaduría de la antología, esta revista publica los presentes textos como derecho de réplica de las antologadoras.

 

“La selección de un grupo de poetas… Implica también el riesgo de caer en complejas inclusiones o exclusiones que casi siempre generan descontento”.

 

Por Siomara España Muñoz

Crédito de la foto Ed. Polibea

 

Coordenadas para un país secreto

 

 

Toda antología obedece al gusto de su autor, reza una especie de adagio popular, y fue la premisa, que germinó desde la concepción y diálogo para la consecución de una posible antología de poesía que mostrara el trabajo de los poetas ecuatorianos dentro de España, donde poco o casi nada se conoce de literatura ecuatoriana. La sensación de que primara mi gusto como antologadora, fue tornándose grave, daba vueltas, giros y contorsiones por la cabeza y páginas de la libreta que empezaba a delinear, en medio de teorías de estilos y formas, voces y estéticas que en su mayoría me eran cercanas y que, no obstante sumar y restar, resultaban en interminables listas de nombres que debería incluir para tal muestra.

 

El resultado de la introspección y lectura de meses no fue sencillo, pero si consciente, ya que la selección de un grupo de escritores que representaran lo que pudiésemos llamar como lo más trascendente de la poesía ecuatoriana contemporánea, implicaría no solo el riesgo, de caer en complejas inclusiones o exclusiones que casi siempre generan descontentos, sino, y lo más importante, tomar consciencia de la enorme responsabilidad que debería ir más allá de cualquier filiación que la deslegitimara.

 

Concluí entonces, que dicha selección debía obedecer a un espíritu de unidad entre lo diverso del panorama poético del Ecuador, es decir una significativa cosmogonía donde la multiplicidad de registros poéticos se evidenciara desde el rigor de la lectura, una especie de ejercicio dialéctico hacia el encuentro de aquellos trabajos cuyos lenguajes, significantes, estilos, o imaginarios estéticos, fueran claros, vívidos y vividos desde el inagotable impulso de la poesía, y que Octavio Paz definió como: “la revelación que alguna vez, durante unas horas, nos otorgó un poema, y aunque hayamos olvidado aquellas palabras y hayan desaparecido hasta su sabor y significado, guardamos viva aún la sensación de unos minutos plenos que fueron tiempo desbordado, alta marea que rompió los diques de la sucesión temporal. Pues el poema es vía de acceso al tiempo puro, inmersión en las aguas originales de la existencia”.

 

La selección de los poetas y poemas fue tan minuciosa como extensa; escogimos junto a la directora de esta colección, “Toda la noche se oyeron”. Poesía latinoamericana de ahora, la poeta Verónica Aranda, alrededor de cuarenta nombres que concomitaban en esa unidad de espíritu de época que había considerado como relevante. No obstante nuestro trabajo y empeño, la necesidad de una nueva y distante visión, ajena sobre todo a mis afectos, generación y lecturas, se evidenció como propicia de la mano de dos importantes escritores y estudiosos de la poesía latinoamericana actual: la poeta argentina Mercedes Roffé y el poeta mexicano Jorge Posada, quienes generosamente consintieron ser curadores de la muestra. Ellos aceptaron leer los poemas que previamente habíamos seleccionado Verónica y yo, y que finalmente bajo su acucioso quinqué, se redujeron a veinticinco nombres, incluso con algunas nuevas sugerencias que incluimos.

 

Bajo lo expuesto, este libro entonces, no se constituye en una antología, muestra, compilación o selección, no, más bien se trata de una Panorámica de la poesía ecuatoriana contemporánea, con veinticinco autores nacidos en los últimos 60 años, cuyo importante trabajo, estoy segura, se abrirá paso a nuevas lecturas y lectores que observen las equinocciales líneas de la poesía ecuatoriana de hoy.

 

En esta panorámica a la que hemos denominado En mitad de un equinoccio, se encuentran las voces que darán testimonio de una época, porque si se piensa que la poesía es solo una sucesión de bellas palabras, un arreo suntuoso que acompaña al ser humano desde tiempos inmemoriales para solaz y regodeo, y no se detenga en la cavilación del porqué de su existencia, entonces es que descendimos al vacío, a la inocente inopia de no intuir que la poesía es el pilar que sustenta la historia y el espíritu de la humanidad en el transcurso de los tiempos.

 

En mitad de un equinoccio, pretende revelar lo más sobresaliente de la poesía ecuatoriana de ahora, poetas nacidos y marcados por las coordenadas de un país secreto, por una línea imaginaria denominada Ecuador, un lugar inexistente pero de connotaciones mágicas, línea equinoccial donde el sol alcanza el punto más alto del cielo, y dos veces al año, día y noche son iguales en duración. Esta alquimia nos define, nos marca, pero también nos oculta. Ecuador ha sido cuna de enormes escritores que solo nosotros conocemos, de ilustres desconocidos en el panorama universal, y salvo contadas excepciones, literariamente hablando, seguimos sin resolver el enigma.

 

No pretendo desbordarme en catálogos generacionales, estilísticos, temáticos o colectivos, más bien ansío presentar una mirada diversa de las potentes voces que recogen desde lo cotidiano, lo trascendental del decir. Lo urbano como signo que abre también sus coordenadas, en variadas líneas que permitan al lector adentrarse en el calor de las ciudades, en el color de sus calles y personajes que invitan al estruendo, a la problematización del espacio, al desenfado del lenguaje disidente que tensiona, contrasta, deconstruye y deja heridas.

 

Los poetas aquí presentados son diversos, en voces y registros: los hay que atraviesan precariedad e incertidumbre; fragilidad y dolor; desarraigo y violencia. No son poéticas que buscan el salto necesario hacia el despojo del cuerpo en el camino de la muerte, no buscan la evasión de la realidad, de modernistas o románticos, no, más bien plantean una puesta en escena de sus álgidos furores, emplazando, planteando, poniendo en crisis su palabra ante el propio acto de escritura. No son poetas que se sirven de la poesía, ellos sirven a los apetitos de ella, a lo que la propia palabra y el ruido de los tiempos va engendrando.

 

Hay los más, que no confían en verdades absolutas, poetas de filosofía iluminatoria que remiten a inesperados giros conceptuales y semánticos entre reflexión y concurrencia de sentidos, los que atesoran el ritmo interior en el poema, que conocen los precisos acentos para envolver la estrofa, caen ante el placer de las palabras, las ideas y el sonido, su verbo se ilumina con la imagen e invitan al disfrute del poema.

 

Constan también en esta selección, voces que se encauzan hacia búsquedas individuales, bruñendo hasta el último resquicio la palabra o pensamiento, la piedra versal se minimiza, se desmigaja hasta dejar la imagen limpia, sucinta, el milagro acontece en el poema, es luz, metáfora y paisaje cargado de significaciones.

 

En otras poéticas el viaje se evidencia y emprende desde distintas formas: “El hombre sólo tiene la palabra para buscar la luz o viajar al país sin ecos de la nada” diría Jorge Carrera Andrade. Por lo tanto, real o ficticio, el viaje se imanta en el poema desde las lecturas, la propia experiencia, o la vuelta hacia el parnaso del mundo clásico, donde es posible seguir bebiendo del inagotable manantial que fluye y, una vez libado, deja de ser tal para tornarse referencia, sabiduría plena, un ordo artificioso de erudiciones circunscritas a la contemporaneidad. Aquí se encuentran poéticas de múltiples aciertos, abundancia de imágenes que se yuxtaponen para recrear universos sensoriales; verdades universales que se exponen entre negación y nostalgia; la poesía se crea y recrea dentro del poema, recobra su espíritu, vuelve a su estado primigenio.

 

Existen en esta panorámica empeños hacia un nuevo barroquismo, componentes crípticos que se mueven por secretos pasadizos o se elevan entre catedrales semánticas, desbordando el discurso subversivo como medio de perennizar la imagen. Los neobarrocos desmitifican el lenguaje importándolo de otras comarcas como las ciencias exactas, la arqueología o medicina, que licencian la alteración lingüística. El subterfugio da paso a imágenes visuales cargadas de ornamentos, de elaboradas formas y exquisitas metáforas que viajan de un extremo a otro en el poema.

 

Otros registros se bifurcan hacia las reflexiones posmodernas, se intertextualizan y juegan con lo prosaico, con el humor y el desamor que teje sus rediles de palabras. Algunos desechan el verso y abanderan la prosa, trazando líneas psicológicas que se enfrentan con lo intrínseco, lo visual y dan paso a la experimentación.

 

Hay también búsquedas que se vislumbran desde la extrañeza, y transitan hacia la exploración de la otredad, poéticas homoerotizadas donde el deseo es concomitante a lo deseado, el cuerpo tocado por la gracia de Eros se celebra, se reconoce, se canta y se solaza en la belleza de los espacios resignificados. El erotismo ya no es territorio exclusivo de la mujer poeta (a la que antes se encasillaba en la unigénita temática) más bien se ha dado el giro hacia el cuerpo múltiple, que no necesita definirse porque soberanamente se compone y representa según lo requiera el ritmo del poema. Es por tanto el lenguaje el que dicta los códigos intercorporales para propiciar el encuentro, verter la sensualidad, explayar el goce y generar la explosión en la palabra.

 

Hay obsesiones, ya no sólo desde el lenguaje de construcción o ruptura, que otrora caracterizó a varios grupos, escuelas o tendencias literarias, estas nuevas obsesiones se ramifican hacía zonas específicas que exploran tanto cuerpos femeninos como masculinos: cuerpos presentes y ausentes, enlazados por temáticas iluminadas sobre el dolor de la partida, sobre el cadáver del padre, del hermano, de ciudades personificadas que enlutan o deleitan. Hay cuerpos blandos, vegetales, diversos, idos, inmateriales, resignificados, cuerpos que se muestran y reconocen incluso en el silencio.

 

La poesía es fuerza avasallante del cuerpo y del espíritu, es pulsión que comunica desde el borde de la lengua, que se encarna en la médula del verso y clama por salir, por ver la luz y decantarse. Quienes constan en esta panorámica, se encuentran en estos procesos de pulsión permanente y dominante que les enfrenta a la página en blanco, porque con Hölderlin aprendieron que: “se le ha dado al ser humano el más peligroso de los bienes, el lenguaje, para que con él cree y destruya, se hunda y regrese a la eternamente viva, a la maestra madre, para que muestre lo que es, que ha heredado y aprendido». Sabemos bien que sus poéticas no son arbitrarias, son fruto del constante oficio, de la búsqueda, exploración y experimentación del material con que construyen sus territorios estéticos, por ello, no he querido catalogarles en tendencias específicas, antes confío que sea el lector, quien dé con el hallazgo.

 

PORTADA POESÍA ECUATORIANA

Por Verónica Aranda

 

Un equinoccio que se revela

 

Dentro de esta colección de poesía latinoamericana actual “Toda la noche se oyeron”, nos parece importante, además de ir publicando a autores de la otra orilla de manera individual, seguir con la línea de antologías que ya iniciamos en marzo de este año con Vientos alisios. Poesía puertorriqueña 2000-2017, para dar a conocer a los lectores españoles y estudiantes de filología una pequeña muestra o panorámica de poéticas por países de América Latina, focalizándonos sobre todo en aquellos cuya literatura llega menos a España, e incluyendo a poetas aún inéditos aquí. Tal es el caso de Ecuador, que tiene una de las comunidades extranjeras más grandes en España, pero que sigue siendo un gran desconocido a nivel poético y cultural, salvo excepciones como la reciente edición de la obra de Jorge Enrique Adoum.

 

Desde 2014, gracias a las recomendaciones lectoras de la poeta Siomara España, me fui adentrando en la poesía modernista de Medardo Ángel Silva y la generación decapitada, la transgresora poesía de Mary Corylé. También en la generación vanguardista de Hugo Mayo o las más modernas como la poesía de David Ledesma, César Dávila Andrade o Ileana Espinel Cedeño, hasta entrar en contacto con los poetas más actuales gracias a mi participación en el Festival de poesía de Guayaquil dirigido por Augusto Rodríguez. Empecé a ser consciente del gran potencial poético y rica tradición literaria que tiene Ecuador, aun siendo uno de los países más pequeños del continente americano.

 

Tras una investigación rigurosa y abundantes lecturas y consultas de antologías ecuatorianas, tanto digitales como en papel, Siomara España y yo fuimos confeccionando junto a los curadores la lista final de poetas a antologar, a quienes pedimos que eligieran sus textos, de ahí que el libro incluya una importante selección de poemas inéditos, que los autores nos cedieron amablemente para el libro. A diferencia de otras antologías, decidimos no añadir las notas biográficas de los autores para que resalte especialmente su poética; así el lector conspicuo buscará, si lo deseara, la información que requiera y que encontrará tanto en el universo cibernético como en las múltiples obras individuales o antologías en las que constan los 25 poetas antologados.

 

No hay una línea estilística uniforme a lo largo de los textos, sino voces polifónicas que acaban convergiendo a través de un hilo conductor invisible como la línea ecuatorial, aunque no deja de primar la individualidad de cada autor, en estos tiempos posmodernos. Así, en palabras de Xavier Oquendo, “cada poeta es una isla poética y se forma por sí solo”[1]. Si bien el concepto de generación es discutible y parte muchas veces de un hecho anecdótico, en este libro encontramos dos generaciones de poetas: los nacidos a finales de los años cincuenta y los de mediados de los setenta y ochenta. En este pequeño mosaico poético también queríamos dar una muestra de autores nacidos en distintas regiones del país, rompiendo así con la polaridad sierra/costa, e incluyendo también a Lucila Lema, una autora que escribe en quichua, lengua coofical con el español en Ecuador, Colombia y Perú, y que tiene un elevado número de hablantes, experimentando una evolución gramatical en los últimos años.

 

Si bien es cierto algunos nombres de poetas destacados no se incluyen en esta panorámica, no ha sido por falta de calidad en sus trabajos, sino más bien por la necesidad de búsqueda, de madurez en su expresión y de individualidad en sus procesos poéticos que aún no se concretan, y que seguramente el tiempo irá dotando de lo necesario para la consolidación de su voz. Por otro lado, nos hubiera gustado contar con las voces de: Julia Erazo, Carla Badillo y Mónica Ojeda, no solo por establecer paridad de género en la selección final, sino por la relevancia de sus trabajos, pero no pudieron participar por circunstancias personales.

 

Los trabajos de los poetas seleccionados, no son solamente relevantes y prestigiados en escenarios locales sino también extranjeros. Prácticamente todos los poetas de esta panorámica están inmersos en las dinámicas propias de los tiempos que transcurren: son escritores que transitan los frecuentes espacios de la poesía actual, son continuamente invitados a las más importantes ferias del libro, encuentros, coloquios, congresos nacionales e internacionales, ya que su voz y palabra es citada y referenciada en importantes antologías y estudios que de la poesía contemporánea actual.

 

Desde el punto de vista tematológico, tampoco hay bloques de temas unitarios. Aunque predominan los poemas urbanos, sobre todo en los poetas que practican cierto realismo sucio. Además, hay un trasfondo de compromiso social en muchos autores, que hacen también alusión al tema de la emigración, y un renovado existencialismo, especialmente en los poetas nacidos en los años setenta, que roza en algunos casos el nihilismo por el hecho de estar entre dos milenios y los desajustes emocionales que eso crea. Abunda el cultivo de una línea de poesía erótica que cobra vuelo e irreverencia en distintas voces, rompiendo con los discursos tradicionales de los temas femeninos y masculinos, siendo la exploración del deseo una especie de brújula y punto de anclaje que ayuda en la construcción de la identidad dentro de una sociedad deshumanizada y herida por el neocapitalismo y la globalización.

 

Otro rasgo que destacaría es la experimentación con el lenguaje, cimentado en el verso libre y llevado en algunos casos a derroteros neosurrealistas o de escritura automática, con la abundancia de imágenes oníricas. En otro plano, encontramos muchos ejemplos de intertextualidad en los poemas, con múltiples citas y conexiones con otros textos que los poetas incorporan a su discurso para crear una cosmogonía personal. Al final, lo que aglutinaría a todos los autores como grupo sería, en palabras de Raymond Williams, “una estructura del sentir”.

 

Por último, quiero expresar mi agradecimiento a los poetas Mercedes Roffé y Jorge Posada, que se prestaron generosamente a hacer la curaduría de la antología. Los tres insistimos en que aparecieran en la selección los poemas de Siomara España, a pesar de ser una de las antólogas, porque la consideramos una de las voces de más repercusión y musicalidad de la poesía ecuatoriana actual. Un verso suyo es el que da título a la antología.

 

 

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[1] Ciudad en verso. Antología de nuevos poetas ecuatorianos, Libresa, Quito, 2001

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