Vallejo & Co. rinde un pequeño homenaje al gran poeta francés Yves Bonnefoy (1923-2016) por su sentido fallecimiento el día de ayer, 01 de julio. Fue miembro de la Academia Americana de las Artes y las Ciencias. En 1981, tras fallecer Roland Barthes, empezó a enseñar la cátedra de Estudios comparados de la función poética en el Colegio de Francia. Cabe destacar que Bonnefoy es considerado una de las principales figuras de la poesía europea contemporánea, y que además ha desarrollado una estupenda labor como crítico y ensayista literario, así como traductor de Shakespeare, Keats y Petrarca, entre otros. Su obra total reúne más de 100 libros, los que han sido traducidos a más de 30 idiomas. En 2013 le fue otorgado el Premio en Lenguas Romances de la reconocida Feria Internacional del Libro de Guadalajara-México.

 

 

Por: Yves Bonnefoy

Traducción VV.AA.

Crédito de la foto: © AFP 2016/

Eric Feferberg

 

 

 

13 poemas de Yves Bonnefoy.

Homenaje in memoriam

 

 

V

 

Salgo.

Sueño que salgo en la noche nevada.

Sueño que llevo

Conmigo, lejos, fuera, es sin retorno,

El espejo de la recámara superior, aquel de los veranos

De otro tiempo, la barca y la proa donde, simples,

Fuimos, nos preguntamos, en el sueño

De veranos que fueron breves como es la vida.

En aquellos tiempos

Fue a través del cielo que brillaba en sus aguas

Que los magos de nuestro sueño, retirándose,

Propagaban sus tesoros en el cuarto oscuro.

 

(Traducción por Gustavo Osorio de Ita)

 

 

 

La rapidez de las nubes

 

La cama, la ventana cercana, el valle, el cielo,

La rapidez espléndida de esas nubes,

La súbita garra de la lluvia en los cristales

Como si la nada rubricase el mundo.

 

En mi sueño de ayer

El grano de otros años ardía a fuego lento,

Sin calor, en el suelo embaldosado.

Descalzos, lo apartaban nuestros pies como un agua límpida.

 

¡Oh amiga mía,

Qué distancia tan débil separaba nuestros cuerpos!

La hoja de la espada del tiempo que merodea

Hubiese allí buscado en vano lugar para vencer!

 

(Traducción de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán)

 

 

El adiós

 

Hemos vuelto a nuestro origen.

Fue el lugar de la evidencia, aunque desgarrada.

Las ventanas mezclaban demasiadas luces,

Las escaleras trepaban demasiadas estrellas

Que son arcos que se hunden, escombros,

El fuego parecía arder en otro mundo.

 

Y ahora hay pájaros que vuelan de una habitación a la otra,

Los postigos se cayeron, la cama está cubierta de piedras,

La chimenea llena de restos del cielo que van a apagarse.

Allí, por las tardes, hablábamos casi en voz baja

Debido a los rumores de las bóvedas, allí, sin embargo,

Formábamos nuestros proyectos: pero una barca,

Cargada con piedras rojas, se alejaba

Irresistiblemente de una orilla, y el olvido

Depositaba ya su ceniza en los sueños

Que sin fin recomenzábamos, poblando con imágenes

El fuego que ardió hasta el último día.

 

¿Es cierto, amiga mía,

Que no hay más que una palabra para nombrar

En la lengua que llamamos poesía

El sol de la mañana y el de la tarde,

Una para el grito de alegría y el de angustia,

Una para el desierto río arriba y los golpes de hacha,

Una para la cama deshecha y el cielo tormentoso,

Una para el niño que nace y el dios muerto?

 

Sí, lo creo, quiero creerlo, pero ¿qué sombras

Son ésas que se llevan el espejo?

Y, mira, la zarza crece entre las piedras

En el camino de hierba aún apenas abierto

Por el que nuestros pasos iban hacia los jóvenes árboles.

Hoy me parece, aquí, que la palabra

Es el pesebre medio roto del que se escapa

En cada amanecer de lluvia el agua inútil.

 

La hierba y en la hierba el agua que brilla, como un río.

Todo está siempre a la espera de que una vez más se lo ate al mundo.

Sé que el paraíso está diseminado,

Es tarea terrestre el reconocer

Sus flores dispersas en la hierba pobre,

Pero el ángel ha desaparecido, una luz

Que no fue, de golpe, sino un sol poniente.

 

Y como Adán y Eva caminaremos

Por última vez en el jardín.

Como Adán el primer pesar, como Eva la primera

Osadía, querremos y no querremos

Pasar por la puerta baja que se entreabre

Allá a lo lejos, en la otra punta del ronzal, coloreada

Como auguralmente por un último rayo.

¿Se toma el porvenir en el origen

Como cabe el cielo en un cóncavo espejo?

¿Podremos recoger, de esa luz

Que fue de aquí el milagro,

En nuestras sombrías manos la simiente, para otros charcos

En el secreto de otros campos “cercados de piedras”?

 

Por cierto, está aquí el lugar para vencer, para vencernos,

El lugar de donde salimos esta tarde. Aquí sin fin

Como esa agua que se escapa del pesebre.

 

(Traducción de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán)

 

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Allá donde cae la flecha

 

I

 

Perdido. A pocos pasos de la casa, no obstante, a no más de tres tiros de piedra.

Allá donde cae la flecha que fue lanzada al azar.

Perdido, sin drama. Alguien me encontrará. Unas pocas voces se alzarán de todas partes en el cielo, en la noche que cae.

Y no son más que las cuatro, falta una buena parte del día para seguir perdiéndose –yendo, corriendo a veces, volviendo– por entre las piedras rotas y estas encinas grises, en el bosque surcado de hondonadas que busca en todas partes el infinito, bajo el horizonte tumultuoso. Pero aquí, en el paso, se cierra más aún.

Necesariamente, encontraré un camino.

Veré esa granja en ruinas, de donde partía una huella.

¿Llamaré? No; no todavía.

 

II

 

Perdido, sin embargo. Porque tiene que decidir, casi a cada instante, pero no puede hacerlo. Nada le habla, nada le es ya un indicio. La idea misma de indicio se disipa. En la huella que había dejado la palabra sobre lo que es, el agua de la apariencia desierta vuelve a subir y brilla, única.

Cada palabra: algo obturado ahora, como una superficie mate sin nada que vibre: una piedra.

Puede articular esa palabra: la encina.

Pero cuando dice: la encina –y en voz alta, ¿por qué?– la palabra queda, en su mente, y se vuelve más pesada, como en la mano la llave que no giró. Y la figura del árbol se parte, se fragmenta, y se vuelve a unir otra vez en las alturas, en lo absoluto, como cuando miramos esas abolladuras del cristal en los antiguos vidrios.

El color, confinado al borde de la imagen por el henchimiento del cristal. Eso que llamamos la forma, agujereado por un saledizo –desmentido. Como si permaneciera abierta la mano que guarda encerrados colores y formas.

 

III

 

Perdido. Y las cosas acuden de todas partes, se apiñan en torno a él. Ya no hay más otro lugar en ese instante en que tan intensamente necesita otro lugar.

Pero ¿lo necesita él?

Y algo acude del centro mismo de las cosas. No hay más espacio entre él y la más mínima cosa.

Sólo la montaña allá abajo, muy azul, lo ayuda a respirar aquí, en el agua de lo que es, que vuelve a subir.

Es familiar, sin embargo, esa impresión de envión que se ejerce sobre él desde el adentro de todo. Ayer, nomás ¡cuántos caminos demasiado abruptos hacia el punto de fuga, en la tinta derramada de las nubes! ¡Cuántas palabras que venían quién sabe de dónde, entre las palabras! ¡Cuántos juguetes, que de golpe no eran más el pequeño damero o los cubos recubiertos de imágenes sino la madera gastada en los bordes, la fibra que traspasa el color.

Le decían, desde lejos: Ven, y él no oía más que esa salpicadura de sonido que se desarma en las baldosas.

 

IV

 

Se acuerda de que un pájaro había avanzado delante de él un momento cuando estaba en camino todavía.

Desde hace dos minutos, va derecho. Pero lo detiene el agua que se mueve entre los restos de troncos. Hay todo en esa agua clara, una especie de polvo azul que gira sobre sí misma donde la corriente casi imperceptible golpea la cresta brillante de una roca.

Si hubiera llovido encontraría la huella de sus pasos, pera la tierra está seca.

El sendero que siguió dejaba el sol a su izquierda. Allí donde dobló, cerca del borde, estaban aquellas tres piedras manchadas de blanco, como pintadas.

 

V

 

¿Pero por qué escala ahora esa colina casi escarpada, y aún cuando los árboles están tan juntos como abajo, a lo largo de estrechos arroyuelos? No es por ahí seguramente donde pasa el camino.

Y no es desde allá arriba donde tendrá mejor vista.

Ni podrá gritar su llamado.

Lo veo sin embargo subir entre los troncos, por las piedras.

Ayudándose de una rama baja cuando advierte que el suelo es demasiado resbaladizo a causa de las hojas secas entre las que hay siempre guijarros rodando sobre otros guijarros: rombos de borde acerado y de color gris

Manchado de rojo.

Lo veo –e imagino la cima. Algunos metros llanos, pero discontinuos a causa de los zarzales que alcanzan a veces hasta las ramas. La misma confusión, el mismo azar que en otras partes del bosque, pero es así para todo lo que vive. Un pájaro vuela, que él no ve. Un pino caído una noche de viento obstruye la pendiente que se reanuda.

Y oigo en mí esa voz, que surge del fondo de la infancia: Vine antes aquí –decía entonces–, conozco este lugar, he vivido aquí, estaba antes del tiempo, estaba antes de mí sobre la tierra.

Soy el cielo, soy la tierra.

Soy el rey. Soy ese montón de bellotas que el viento empujó hasta el hueco que hay entre las raíces.

 

VI

 

Tiene diez años. La edad en que uno mira –¿acaso a sacudidas?– el desplazamiento de las sombras. Y la desgarradura en el papel de las paredes, y el clavo encajado en el yeso y alrededor el metal oxidado, los ínfimos escamamientos de la incomprensible materia. ¿Se perdió? En efecto, avanza desde hace tiempo entre grandes enigmas. Siempre ha estado solo. Se sentó sobre el árbol caído, llora.

¡Perdido! Es como si el más allá que sella el punto de fuga viniera a inclinarse sobre él, y lo tocara en el hombro.

Alzar los ojos, entonces. Cuando dos direcciones nos llaman al mismo tiempo, en la encrucijada, el corazón late más fuerte y más sordamente, pero los ojos están libres. Esa noche, en la casa, que él ponga los leños sobre el fuego, como le permiten hacerlo: los verá arder en otro mundo.

Que hable, para él solo: las palabras resonarán en otro mundo.

Y más tarde, mucho más tarde, muchos años más tarde, solo, siempre solo en su habitación con el libro que ha escrito: lo tomará en sus manos, mirará las letras oscuras del título sobre el leve cartón pintado de azul. Abrirá algunas páginas, para que se tenga en pie sobre la mesa.

Después le acercará un fósforo encendido, una mancha marrón y luego negra nacerá en el color, se extenderá, se agujereará, un ribete de fuego claro morderá los bordes, que él aplastará con el dedo antes de levantar el librito para inscribir nuevamente el signo en otro punto de la portada. Y he aquí que todo un lado de ella cae. El papel satinado, muy blanco, de la primera página, aparece abajo, amarillento, alcanzado también, por el calor.

Deja el libro, y guarda en su mente, no sabe aún por qué, el matrimonio de las frases y de la ceniza.

 

VII

 

El ladrido de un perro, que puso fin a su miedo. El pilar del sol entre las nubes, en la tarde. Los charcos que el escolar ve brillar en las palabras, en el porvenir de su vida, cuando empuja su pluma áspera por el enmarañamiento del dictado demasiado rápido.

Y toda rama delante del cielo, a causa de los ensanchamientos, las condensaciones de su masa. Lo invisible que allá borbotea, como la fuente en el deshielo violenta. Y las bayas rojas, entre las hojas.

Y la luz, cuando vuelve; la llama en que todo comienza y alcanza su fin.

 

(Traducción de Arturo Carrera)

 

 

 

En el mismo río

 

I

 

A veces toma el espejo

Entre el cielo y el cuarto

Entre sus manos el mínimo

Sol terrestre.

 

Y las cosas, los nombres

Es como si

Las voces, las esperanzas se divirtieran

En el mismo río.

 

Donde se puede soñar

Que las palabras no existen

Aguas debajo de ese río, río de paz,

Demasiado para el mundo,

 

Y hablar no es más

Que cortar el cuello

Del cordero que, confiado,

Se deja llevar por la palabra.

 

II

 

Soñar: que la belleza

Sea verdad, la evidencia

Misma, un niño

Que pasa, emocionado, bajo una troja.

 

Él se levanta y, feliz

De tanta luz,

Estira su mano para agarrar

La roja uva.

 

III

 

Y más tarde se entiende

Sólo con su voz

Como si anduviese desnudo

Por una playa

 

Y tuviese un espejo

Donde todo el cielo

Se abriera, a grandes rayos, que colorearan

Toda la tierra.

 

Él se detiene a veces,

Aquí o allá,

Su pie arrastra, distraídamente,

El agua sobre la arena.

 

(Traducción de William Guaregua)

 

 

 

El pianista II

 

Una mano que se arriesga, anhelante,

en el remolino ora claro, ora sombrío,

su imagen se quiebra, como si ya no tuviera

las fuerzas para retener.

 

¿Y esa otra, en un espejo? Se acerca

a la tuya, que va hacia ella,

sus dedos se tocan

o casi, pero en la pequeñez de esa distancia

se abre el abismo entre ser y apariencia.

 

Esos dedos, al menos, que conmueven cuerdas.

¿Otra mano va a subir, del fondo del sonido,

a tomarlos entre los suyos, para guiarlos?

 

Pero, ¿hacia qué? No sé si es amor

o espejismo, y nada más que sueño, la palabra

que no tiene sino agua o espejo, o sonido,

para tratar de ser.

 

(traducción de A. G. Ruiz)

 

el-territorio-interior

 

El pozo

 

Oyes la cadena chocar en la pared

Al descender el balde en el pozo que es la otra estrella,

A veces la estrella vespertina, la que llega sola,

A veces el fuego sin rayos que aguarda en la mañana

Que pastor y bestias salgan.

 

Pero siempre el agua está encerrada en el fondo del pozo,

Siempre la estrella allí queda sellada.

Bajo las ramas descubrimos sombras:

Son los viajeros que pasan por la noche

 

Encorvados, la espalda bajo una masa negra,

Diríase, como si dudaran en una encrucijada.

Algunos parecen esperar, otros se borran

En un chisporroteo sin luz.

 

El viaje del hombre, de la mujer es largo, más largo que la vida,

Es una estrella al borde del camino, un cielo

Que imaginamos ver entre dos árboles.

El balde toca el agua, que lo alza,

Y es la alegría, luego la cadena lo abruma.

 

 

 

A MENUDO EN EL SILENCIO de un abismo

Oigo – o deseo oír , no sé-

Un cuerpo que cae entre las ramas. Larga y lenta

Es esta caída; ningún grito

Viene nunca a interrumpirla y darle fin.

 

Entonces pienso en las procesiones luminosas

En un país que no nace ni muere.

 

 

 

Una piedra

 

El verano pasó violento por las salas frescas,

Sus ojos estaban ciegos, su flanco desnudo,

Gritó, y el llamado trastornó el sueño

De los que allí dormían en lo simple de su día.

 

Se estremecieron. Cambió el ritmo de su aliento,

Sus manos abandonaron la copa del sueño.

Ya el cielo otra vez volvía sobre la tierra,

Llegó la tormenta de las siestas de verano, en lo eterno. ~

 

(traducciones de Ida Vitale)

 

 

 

La imperfección es la cima

 

Sucedía que era preciso destruir y destruir y destruir,

Sucedía que la salvación sólo era posible a ese precio.

Arruinar el rostro desnudo que asciende en el mármol,

Machacar toda forma , toda belleza.

Amar la perfección porque ella es el umbral,

Pero negarla una vez conocida, olvidarla muerta

La imperfección es la cima.

 

 

 

¿QUÉ ASIR SINO lo que se escapa?

¿Qué ver sino lo que se obscurece?

¿Qué desear sino lo que muere

Sino lo que habla y se desgarra?

 

Palabra próxima a mí

Qué buscar sino tu silencio,

Qué resplandor tan profundo

Tú amortajada conciencia,

 

Palabra, ¿dique material

Sobre el origen y la noche?

 

(Traducción de César Vásconez Romero)

 

 

 

El jardín

 

Nieva.

Bajo los copos la puerta

Abre por fin al jardín

De más que el mundo

 

Avanzo. Pero se engancha

Mi bufanda al hierro

Oxidado, y se desgarra

En mí la tela del sueño.

 

 

 

El rayo

 

Ha llovido, esta noche.

El camino tiene olor de hierba húmeda,

Luego, de nuevo, la mano del calor

Sobre nuestro hombro, como

Para decir que el tiempo nada nos arrebatará.

 

Pero ahí

Donde el campo viene a chocar contra el almendro,

Ves, una fiera ha saltado

De ayer a hoy a través de las hojas.

 

Y nos detenemos, más allá del mundo,

 

Y vengo cerca de tí,

Acabo de arrancarte del tronco ennegrecido,

Rama, estío fulminado

Del cual la savia de ayer, divina aún, ahora fluye.

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