Por Alberto Szpunberg*

Selección por María Malusardi

Crédito de la foto (izq.) Ed. En Danza /

(der.) www.literarnidum.cz

 

 

13 poemas de El nombre revelado (2016),

de Alberto Szpunberg

 

 

Y si el silbido del mirlo

 

1. Adivinanza del mirlo

Ni siquiera la palabra mirlo puede ser el silbido del mirlo,

ni siquiera la belleza, entre escombros, de decirlo: mirlo,

no sólo esa cadencia en el balanceo de las ramas,

sino el silencio al oído que anida en el mirlo

para que el silbido sea solamente mirlo:

es el temblor de las sílabas únicas en los labios,

la claridad del aire como si sus alas me rozaran.

 

 

 

2. Laberinto

La palabra palabra como quien da la palabra,

es la moneda en el puño como si sólo mía fuera:

también la limosna es codicia, controversias

en un tartamudeo que todo lo confunde:

por amor o por espanto, pega lo mismo

la brutalidad que borra lo que iba a decir:

sin punto final, sin puntos suspensivos,

y aunque parezca que todo comienza de nuevo,

pena es el grito, gemido el adiós, pronto el silencio.

 

 

 

3. Humos

Acabo de apagar el último, lo juro,

prometo que no más, esta vez va en serio,

aunque haya más últimos, más brasas

que se encandilen a la primera inmediatez,

nuevas maneras de aspirar más hondo

la mentira imprescindible para vivir

como si recién comenzase a ser hombre,

esa niebla que me envuelve de hace años.

 

 

 

4. Geometrías

Hasta la línea recta, que no existe, se cansa

de insistir en ser lo que, por cierto, no es:

advierte, aunque ya es tarde, que ella misma

se cierra en un círculo inabarcable, fantástico,

que por natural naturaleza es horizonte:

la línea recta, inventada para atravesarlo todo,

es ajena a la curva de una mano que encrespa

el remolino de los cuerpos en sí íntimos:

condenada a padecer eterno el infinito,

su oculto deseo, lo sé, es el punto final.

 

 

El poeta Alberto Szpunberg en Praga.

El poeta Alberto Szpunberg en Praga.

 

5. Jaque mate

Acorralado por un peón, el rey inclina su corona

que rueda sobre un río de torrenciales lápidas

hacia una eternidad que debió ser pero no fue.

Una vida entera dura una partida de horas,

hasta que, voraz, pièce touchée pièce jouée,

el rey se tienta, cree en el triunfo y se equivoca:

la encerrona fatal es el peón inesperado,

en medio de aquella aventura ensimismada

en que fulgían oros de una gloria imbatible:

el rey, destronado, amaga la mueca de una sonrisa;

el peón, eufórico, no advierte la caída del mundo.

 

 

 

8. Astillas

Por un chasquido de cristal, por ahí se cuela

la herida de la visión, la ceguera deslumbrada:

atrás quedó vacío el cofre del tesoro, el paño

que el viento rasgó hasta hacer trizas la palabra:

es lo que resta lo que queda lo que arrastra

la marea que nos ofrenda con sus propias manos

esa botella cuyo mensaje, hoy ilegible, desleído,

se pierde en el océano de todo lo no hablado.

 

 

 

9. Ha Shem

Hasta el Nombre, por soberbia, se contamina del nombre

y ya nada ni nadie contesta cuando se invoca el Nombre:

yo soy un nombre, ¿esta palabra mía –yo– es el Nombre?

¿nombre gramatical y sustantivo es sólo mi nombre?:

Y el Nombre tiembla como si un viento se revelase

y toda la tierra, esta vez llamada por su Nombre,

no fuesen palabras sino pura voz innominada.

 

 gsff

 

10. Hormigueo

Un camino de hormigas se abre paso entre las hojas,

el mismo que marca el índice, el que enhebra palabras.

Mientras, las hormigas brotan desde un matojo de mugre,

sin pretéritos, sin héroes, sin bronces, sin glorias:

es sólo el camino que las conduce hacia donde las lleva.

¿Qué más que un destino humilde de porteador de carga

para llevar al hombro un bulto de infinitas páginas?

Confío mi esperanza toda a esa hormiga que lleva

la brizna más ocre: tan real, su otoño; tan tenue, su verde.

 

 

 

11. Dron

Medio segundo antes, y sin humanidad posible,

se abre el pozo excavado de pronto en la ceguera:

hay un puño que se le hunde en las entrañas

y lo sobrevuela una sombra que no es sombra

sino vómito del alma y gritos en la noche cerrada:

una cucaracha se encharca por la pierna destrozada

y se toma millones de años para recorrer el hueso,

mientras un zumbido hurga en el aire la víctima siguiente.

 

 

 

15. Cerradura

El sigiloso, el sutil trabajo del humo en la niebla,

eso querría descifrar de una vez y para siempre,

si no fuera por el ritmo de tu respiración cercana,

el hondo suspiro que al crujir de sí da el silencio:

el aire, ni él sabe por qué, entreabre la cortina

por donde irrumpe un tropel de seres fantásticos:

sólo coinciden en sus extravagantes diferencias;

sólo se vuelven, a ciegas las manos, para verse.

 

 

El poeta Alberto Szpunberg en la Casa de la Literatura en Praga

El poeta Alberto Szpunberg en la Casa de la Literatura en Praga

 

17. Pogrom

Sumida en su espanto, en otro ser ensimismada,

ya era parte del otro la última imagen de este mundo,

y pueblos enteros por feroces rencores habitados

no exhalaban más que amargas, postreras funerarias.

Entre severos desgarros de sedas y terciopelos,

quedó arrumbado el Libro contra tanta tristeza:

así se vino abajo un alarido de adiós repentino,

demencial la estridencia; atroz, atroz el silencio:

después la polilla, tenaz, más voraz que nunca,

carcomió las vocales, laceró las consonantes,

y entre el mosquerío, la humedad, los cuchicheos,

cundió un goteo de sangre pertinaz, purulenta.

 

 

 

19. Glaciación

¿Queda algo del hombre que se asomaba sin saber

que el mundo sería eso que ahora es sólo afuera?

Imposible la salida, imposible la entrada:

una caricia de hielo recorre el espinazo

y registra en la carne remotas glaciaciones:

¿fue acá donde crujió un puente de ramas

bajo unos pies que descalzos sangraban?

Sí, y las huellas ahí están: inequívocas, tajantes.

 

 

 

 22. Número

De piedra a la menor insinuación o apriete,

el magma empezó a aullar por boca de los volcanes

y a subir lentamente como una sopa de fuego.

Y aunque recordar no es suficiente, recordemos,

y aunque recordar no está de moda, recordemos,

y aunque recordar ya no es más que lejanía,

algo del espanto queda sellado en el brazo.

 

 

 

 

 

*(Buenos Aires-Argentina, 1940). Poeta. Reside en Barcelona. Fue director de Literatura y Lenguas clásicas en la Universidad de Buenos Aires (Argentina) y dirigió el suplemento cultural del diario La Opinión. Fue, además, cofundador de la Brigada Masetti y profesor en la Universidad Madres de Plaza de Mayo. Se exilió en El Masnou (Barcelona, España) entre 1977 y 1984. Obtuvo una Mención en el Premio Casa de las Américas (Cuba, 1966), el Premio Alcalá de Henares de Poesía (1981), el Premio Internacional Antonio Machado (1993), el Premio Rosa de Cobre (2014) y el Premio Nacional Cultura Argentina (2014). Ha publicado en poesía Poemas de la mano mayor (1962), Juego limpio (1962), El che amor (1966), Su fuego en la tibieza (1981), Apuntes (1987), La encendida calma (2002), Notas al pie de nada ni de nadie (2007), Luces que a lo lejos (2008), El libro de Judith (2008), La Academia de Piatock (2010) y Traslados (2002), Como sólo la muerte es pasajera (poesía reunida, 2013), La tarde, sólo es la tarde (27 sonetos y una milonga de ida sin vuelta) (2016), ¿Por qué no hay más bien brócoli? (2016) y La habitante del cometa (2017).

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