Vallejo & Co. presenta, en exclusiva, algunos poemas del escritor y periodista peruano Sebastián Salazar Bondy, quien este 2014 hubiera cumplido 90 años de vida. Pese a que su vida fue relativamente corta, murió a los 41 años, Salazar Bondy nos legó 9 poemarios en vida y 4 publicados tras su muerte, en 1965.

Además de su labor como poeta, fue uno de los más importantes críticos literarios de su tiempo, habiendo publicado 4 antologías cardinales de la poesía peruana, las que han alumbrado a los investigadores, estudiosos y poetas nacionales y extranjeros sobre la lírica nacional, incluso desde tiempos precoloniales; estas fueron La poesía contemporánea del Perú (1946, junto con Jorge Eduardo Eielson y Javier Sologuren), Antología general de la poesía peruana (1957, junto con Alejandro Romualdo), Poesía quechua, selección (1964) y Mil años de poesía peruana (1964).

La presente muestra consta de 12 poemas elegidos de sus más importantes poemarios: Cuadernos de la persona oscura (1946), Los ojos del pródigo (1951), Confidencia en alta voz (1960), El tacto de la araña (1965) o Sombras como cosas sólidas y otros poemas (1974).

Vallejo & Co. reproduce los poemas de esta muestra con la necesaria autorización de las herederas de Sebastián Salazar Bondy, Irma Lostaunau y Ximena Salazar Lostaunau, quienes cuentan con todos los derechos reservados sobre la publicación de todas las obras de este insigne escritor.

 

 

Por: Sebastián Salazar Bondy

© Irma Lostaunau y

Ximena Salazar Lostaunau

Selección de poemas: Mario Pera

Crédito de la foto: © Archivo personal Ximena Salazar L.

 
 
 

12 latidos de mi sombra

(muestra de poemas de Sebastián Salazar Bondy)

 

 

Peregrinaciones de las horas

 

VI

 

En todo aquello de que hablo hay temor,

hay piel de gato silenciosa por los suelos,

hay pequeñas imágenes y moscas y cuchillos

y gracia dulce en su saliva.

 

Madre escucha venir con sus coturnos de acecho

al dios de la salud en su coche de mimbre

y hay todavía en las ventanas que al estero

abren su interna paz de dormitorio,

el amuleto mágico de pelos,

el nudo, el alfiler muerto.

 

Hay un vago temor cuando algo se detiene o las cortinas

danzan al lado mismo de las almas cercanas.

 

 

 

Arte del poema

 

No nazca sangre viva de tu seno,

sí un aire bueno que entre los amigos

lava castigos y desciende pleno

por vados de mentira y desabrigos.

 

 

 

Sobre los dioses

 

No crezca, dios, en tu puño, tu corbata,

tu seno abrigador, leche y desgano,

sino tu pie sangrado y tu caballo,

alto espíritu malo en mi verano.

 

                                                       (De Cuaderno de la persona oscura)

 

 

 

Mujer y perros

 

                                                       A Augusto, que la conoció

 

Recuerdo en Lima una mujer, una cansada

sombra de pordiosera que juntaba

perro a perro como los frutos de su vientre.

 

Eran canes de paso, animales

manchados, negros, hoscos, melancólicos hijos

que la escuchaban en el suelo y lamían su mano

agradecidos de una llaga,

un harapo mejor, un simple hueso.

 

Una mujer que se sentaba en una plaza

y cosía el alba y el ocaso al calor

húmedo y triste de sus perros.

 

                                                       (De Los ojos del pródigo)

 

 

 

Confidencia en alta voz

 

Pertenezco a una raza sentimental,

a una patria fatigada por sus penas,

a una tierra cuyas flores culminan al anochecer,

pero amo mis desventuras,

tengo mi orgullo, doy vivas a la vida bajo este cielo mortal

y soy como una nave que avanza hacia una isla de fuego.

 

Pertenezco a muchas gentes y soy libre,

me levanto como el alba desde las últimas tinieblas,

doy luz a un vasto campo de silencio y oros,

sol nuevo, nueva dicha, aparición imperiosa

que cae horas después en un lecho de pesadillas.

 

Escribo, como ven, y corro por las calles,

protesto y arrastro los grillos del descontento

que a veces son alas en los pies,

plumas al viento que surcan un azul oscuro,

pero puedo quedarme quieto, puedo renunciar,

puedo tener como cualquiera un miedo terrible,

porque cometo errores y el aire me falta

como me faltan el pecado, el pan, la risa, tantas cosas.

 

El tiempo es implacable como un número creciente

y comprendo que se suma en mi frente, en mis manos,

en mis hombros, como un fardo,

o ante mis ojos como una película cada vez más triste,

y pertenezco al tiempo, a los documentos, a mi raza y mi país,

y cuando lo digo en el papel, cuando lo confieso,

tengo ganas de que todos lo sepan y lloren conmigo.

 

 

 

Desde el corazón

 

Me sitúo en el centro de mi corazón,

pongo los ojos en el fondo de ese pozo

como dos lámparas frías que encienden el amor,

¿y qué veo?

 

           Dios mío, si veo

el claro espejo familiar que hay en mi sueño,

el pan que sale del horno de la vida a cada rato.

 

Vuelve a ti, viajero, vuelve

al Hotel de Bâle, ya que París es una pieza mortecina,

un lavabo, una mesa, un lecho para el vino de esta noche,

y sabrás nuevamente que eres un círculo de dudas

un remolino incesante que gira en torno de la ausencia.

 

Me sitúo en el centro de mi corazón, repito,

y me digo:

           “Estoy aquí, pero en Lima

despertará mi madre cuando el perro

gima a su puerta, le dé los buenos días, la bendiga,

porque su mano es como un fruto que no cesa”.

 

 

 

Todo esto es mi país

 

Mi país, ahora lo comprendo, es amargo y dulce;

mi país es una intensa pasión, un triste piélago, un incansable manantial

de razas y mitos que fermentan;

mi país es un lecho de espinas, de caricias, de fieras,

de muchedumbres quejumbrosas y altas sobre heladas;

mi país es un corazón clavado a martillazos,

un bosque impenetrable donde la luz se precipita

desde las copas de los árboles y las montañas inertes;

mi país es una espuma, un aire, un torrente, un declive florido,

un jardín metálico, longevo, hirviente, que vibra

bajo soles eternos que densos nubarrones atormentan;

mi país es una fiesta de ebrios, un fragor de batalla, una guerra civil,

un silencioso páramo cuyos frutos son jugosos,

un banquete de hambres, un templo de ceremonias crueles,

un plato vacío tendido hacia la nada,

un parque con niños, con guitarras, con fuegos,

un crepúsculo infinito, una habitación abandonada, un angustiado grito,

un vado apacible en el cual se celebra la vida;

mi país es un sepulcro en medio de la primavera,

una extraña silueta que abruma con su brillo la soledad,

un anciano que camina lentamente, un ácido que horada los ojos,

un estrépito que apaga todas las músicas terrenales,

un alud de placeres, un relámpago destructor, un arrepentimiento sin culpa.

un sueño de oro, un despertar de cieno, una vigilia torva,

un día de pesar y otro de risa que la memoria confunde,

un tejido de lujo, una desnudez impúdica, una impaciente eternidad;

mi país es un recuerdo y una premonición, un pasado inexorable

y un porvenir de olas, resurrecciones, caídas y festines;

mi país es mi temor, tu ira, la voracidad de aquel,

la miseria del otro, la defección de muchos, la saciedad de unos cuantos,

las cadenas y la libertad, el horror y la esperanza, el infortunio y la victoria,

la sangre que fluye por las calles hasta chocar con el horizonte

y de ahí retorna como una resaca sin fin;

mi país es la mujer que amo y el amigo que abrazo tan sólo por amigo,

el extraño que te sorprende con su odio y el que te da la mano porque quiere;

mi país es la ventana a través de la cual miro la tarde,

la tarde que cae con sus ramos de melancolía en mi pecho,

y el agua matinal con que limpio mis pupilas de imágenes sucias,

el aire que respiro al salir de mi casa cada día,

y la gente que se precipita conmigo a los quehaceres sin sentido,

el trabajo, la fatiga, la enfermedad, la locura, el pensamiento,

la prisa, la desconfianza, el ocio, el café, los libros, las maldiciones;

mi país es la generosa mesa de mi casa y los rostros familiares

donde contemplo la marea incansable de mi dicha,

el cigarrillo que consumo como una fe que se renueva

y el perro cuya piel es cálida como su amistad; mi país son los mendigos y los ricos, el alcohol y la sed,

la aventura de existir y el orden en que elijo mis sacrificios;

mi país es cárcel, hospital, hotel, y almacén, hogar, arsenal;

mi país es hacienda, sembrío, cosecha;

mi país es escasez, sequía, inundación;

mi país es terremoto, lluvia, huracán;

mi país es vegetal, mineral, animal;

mi país es flexible, rígido, fluido:

mi país es líquido, sólido, inestable;

mi país es republicano, aristocrático, perpetuo;

mi país es una cuna, tumba, lecho nupcial;

mi país es indio, blanco, mestizo:

mi país es dorado, opaco, luminoso;

mi país es amable, hosco, indiferente;

mi país es azúcar, tungsteno, algodón;

mi país es plata, nieve, arena;

mi país es rudo, delicado, débil y vigoroso, angelical y demoníaco;

mi país es torpe y perfecto;

mi país es enorme y pequeño;

mi país es claro y oscuro;

mi país es cierto e ilusorio;

mi país es agresivo y pacífico;

mi país es campana,

mi país es torre,

mi país es isla,

mi país es arca,

mi país es luto,

mi país es escándalo,

mi país es desesperación,

es crisis, escuela, redención, ímpetu, crimen,

y lumbre, choque, cataclismo,

y llaga, renunciación, aurora,

y gloria, fracaso, olvido;

mi país es tuyo,

mi país es mío,

mi país es de todos,

mi país es de nadie, no nos pertenece, es nuestro, nos lo quitan,

tómalo, átalo, estréchalo contra tu pecho, clávatelo como un puñal,

que te devore, hazlo sufrir, castígalo y bésalo en la frente,

como a u hijo, como a un padre, como a alguien cansado que acaba de nacer,

porque mi país es,

simple, pura e infinitamente es,

y el amor canta y llora, ahora lo comprendo, cuando ha alcanzado lo imposible.

 

                                                       (de Confidencia en alta voz)

 

 

 

Testamento ológrafo

 

Dejo mi sombra,

una afilada aguja que hiere la calle

y con tristes ojos examina los muros,

las ventanas de reja donde hubo incapaces amores,

el cielo sin cielo de mi ciudad.

Dejo mis dedos espectrales

que recorrieron teclas, vientres, aguas, párpados de miel

y por los que descendió la escritura

como una virgen de alma deshilachada.

Dejo mi ovoide cabeza, mis patas de araña,

mi traje quemado por la ceniza de los presagios,

descolorido por el fuego del libro nocturno.

Dejo mis alas a medio batir, mi máquina

que como un pequeño caballo galopó año tras año

en busca de la fuente del orgullo donde la muerte muere.

Dejo varias libretas agusanadas por la pereza,

unas cuantas díscolas imágenes del mundo

y entre grandes relámpagos algún llanto

que tuve como un poco de sucio polvo en los dientes.

 

Acepta esto, recógelo en tu falda como unas migas,

da de comer al olvido con tan frágil manjar.

 

 

 

Patio interior

 

                                                       A Luis Loayza

 

Viejas, tenaces maderas

que vieron a tantas familias despedirse,

volverse polvo y llovizna,

retornar a las dunas como otra ondulación,

os debo algo,

dinero, melancolía, poemas,

os debo cierta ceniza plateada y claustral.

 

Columnas fermentadas que persisten

soportando la sala, la alcoba, la despensa,

la cocina donde humeó algún sabor frugal,

os debo riquezas sin ira,

grandes palideces pensativas.

 

Patio interior,

cuervo de ociosas neblinas

entre cuyas largas plumas los amantes

se deslíen como una inscripción de pañuelo

os debo ahora mismo mi fosforescente vicio,

y os habito,

os corrijo,

os firmo con mi rápido nombre de cuchillo.

 

 

 

Describo el invierno

 

                                                       A José Miguel Oviedo

 

Conozco bien estos pesados guantes de albayalde

porque antes vi su rastro

cubrir otros días de lujuria y beatitud,

la rauda pareja de lobos

de cuyo lecho nacen como quejidos o espasmos

humedades, virus, toses.

Sé cómo el tiempo cose sus lentejuelas

en la loca ropa de ayer,

cómo se agrietan sombras de muebles y paredes,

cómo el corazón se encharca y lentamente

trae un recuerdo desde la antigüedad.

Repito mi historia en el duro piano de invierno:

mi sangre es toda blanca

cuando las brumas de junio en los parques

tuercen el cuello al cisne de la fecundación.

 

 

 

Cinco ejercicios tenaces

 

4. La nada

 

La nada no es espacio,

tampoco tiempo perdido,

sino la confianza

con que retomo la tinta

y combato con su sombra,

y oigo a mi hija llorar,

y siento la dulzura de mi mujer

abrir su cofre de cuentos,

y reconozco a mis vecinos

por sus guitarras borrachas,

y pienso en mis amigos

con odio mas nunca sin afecto,

y veo en mis líquidos

que miento en el teléfono

cuando digo: “No hay novedad”,

y todo es nuevo a mi alrededor,

aunque yo acabo de nacer

del vientre de mi sueño.

Pero la nada resiste las olas

en medio de un océano

de cosas y remordimientos.

 

                                                       (de El tacto de la araña)

 

 

 

Sombras del origen

 

Nací en un leve nido

de barro y caña de Guayaquil

(calle del Corazón de Jesús, donde ahora

parece fracasar un taller de mecánica)

cuando aún no se hablaba de comunismo

sino en el secreto de algunas familias obreras

y la palabra sonaba muy lejos

y entre muros de niebla

se arrastraba por los largos silencios del invierno.

Un leve nido oculto

en las húmedas ramas de Lima,

un temerario desafío, en verdad,

de aves mutiladas a los cielos.

En torno al nido, paciencias enmohecidas,

patios ralos, rincones de prohibida belleza,

relojes en penumbra,

alcobas muelles y miradas de loco,

y aunque la pequeñez del mundo era infinita

la pobreza del pobre se extasiaba en los entorchados,

bajo la pálida garúa de los oficiales,

al paso de la sigilosa extremaunción,

mientras el tatachín dominical

vestía los barrios con sus harapos bailables.

Claro que a veces breves gritos humanos

pregonaban frutas o mieles,

                                               piedras de afilar,

                                                                               tamales!,

y los vecinos los invitaban a acercarse a sus ventanas

de celosías intimidadas por la ola gripal.

El mar, a distancia, divulgaba su química monótona

de aires yodados,

lívidas aguas lentas,

turbiedades viajeras sin rumbo ni peligro.

Llanto y risa fui entonces

y otras cosas enemigas entre sí,

                                                      suaves,

                                                                   solares,

                                                                                     negras también,

mas siempre mi vida buscó la dulce habitación arbórea,

el ovillo de barro y caña,

la cavidad suspendida en la sombra original,

donde cierto día hubo una irrepetible reunión de calores.

Nací en un leve nido

y su pérdida agobia como un terror mi sueño infantil.

 

                                                       (De Sombras como cosas sólidas)

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