Hace algún tiempo, el poeta colombiano Felipe García Quintero presentó en la revista web literaria La Otra, una interesante selección de poetas de su país entre los que recogía una antología de poemas de grandes escritores nacidos en las primeras cinco décadas del siglo XX. Creemos que es importante que se resalte dicha obra, por lo que Vallejo & Co. retomamos dicha publicación. En esta ocasión, es el turno de 2 poetas reconocidos fuera y dentro de Colombia: Giovanni Quessep y María Mercedes Carranza acompañados de una interesante y necesaria presentación.

 

 

Por: Felipe García Quintero

Crédito de la foto: Izq. www.minuto30.com

Der. www.letraaletra.co

 

 

10 poetas colombianos del medio siglo

(II parte)

 

 

Presentación

La poesía colombiana del siglo XX se despliega en una sucesión generacional de grupos e individuos, cuyas poéticas constituyen referentes de identidad y diferencia estética, de continuidad y cambio cultural.

El comienzo de la pasada centuria encuentra a un país devastado por efectos de la “Guerra de los Mil días”, un conflicto civil que enfrentó los partidos liberal y conservador por causa de la derogación constitucional y la imposición de una nueva Carta en 1886, de cuño tradicional y generador de nuevos conflictos. Constitución sólo vuelta a redactar con un espíritu plural e incluyente en 1991, la cual da sustento al actual Estado colombiano.

Además de muerte y pobreza, una consecuencia geopolítica adicional de la entrada de la república a la modernidad fue la separación de Panamá en 1903, hasta entonces un departamento de Colombia. Estos hechos no sólo mancharon de sangre los campos y acentuaron la miseria en las pequeñas ciudades de entonces, también trajeron desesperanza a las conciencias de la generación de escritores que se abría paso con la nueva época, prolongándose así la crisis finisecular.

El suicidio de José Asunción Silva, ocurrido el 23 de mayo de 1896 en Bogotá, hizo aún más necesaria la tarea de leer su obra trunca y dispersa por tantos accidentes e infortunios; a fin de dimensionar su legado, tan reconocido ahora como menospreciado antes por sus contemporáneos que no comprendían, entre otros asuntos, la atracción del decadentismo por la belleza enferma.

Es preciso señalar que fue Guillermo Valencia (1874-1943), miembro de la segunda generación modernista, quien realiza esa primera lectura de revaloración; un asunto vuelto a considerar hace unos años con otros criterios y posturas reivindicatorias, justo cuando se celebraba el centenario de la muerte del autor de “Nocturno III”, gracias a la iniciativa de la Casa de Poesía Silva.

Como queda dicho, en razón de la guerra interna que desoló al país, las fronteras culturales se replegaron a lo endógeno y se cerró todo horizonte de diálogo con otras naciones, incluso las vecinas, haciendo que esa posible mirada hacia afuera se tornara sólo en un diálogo doméstico, sin trascendencia. Pulula entonces una literatura de costumbres, necesariamente raizal. La única excepción hoy vigente de esa tendencia literaria en la región andina, limitada por la intención exótica y la denuncia social, fue en nuestro caso La vorágine de José Eustasio Rivera publicada en 1924.

Junto a las demandas de un compromiso histórico no saldado con las clases subalternas de la sociedad en América, de otras maneras también se prolongó la dependencia cultural con España. Aunque, es un deber decirlo, no todos los jóvenes poetas sufrieron el aislamiento y la incomunicación. Algo de ese aire insurrecto y herido, a raíz del conflicto internacional en Europa, llega a Colombia y produce una apertura en las formas tradicionales y en los temas literarios de entonces.

Hacia los años veinte surgen Los nuevos, con León de Greiff (1895-1976)), Luis Vidales (1900-1990), Rafael Maya (1897-1980) entre otros autores, como reacción a los poetas del Centenario, llamados así por la coincidencia de celebrarse el primer siglo de independencia. A ese grupo de escritores, reunidos en torno a la revista Pánidaeditada en Medellín, se debe el inicio de una tendencia modernizante de la poesía en Colombia, inaugurada, como señalamos al comienzo, por José Asunción Silva.

El verso libre lo inicia Rafael Maya hacia 1930. Con una mirada irónica y festiva al tiempo, llena de atracción y rechazo, de celebración y crítica de todo lo que ocurría por esos días, Luis Vidales incorpora asuntos nuevos a la lírica en 1926, cuando publica Suenan timbres. León de Greiff, por su parte, de origen nórdico y oído excepcional, entona una música distinta, compleja y rica en referencias léxicas y acentos, que no ha contado con sucesores hasta hoy.

Una reacción conservadora y de repliegue frente al gesto y la intención vanguardista que asoma con Los nuevos —no sólo en poesía sino también en las ideas políticas divulgadas por el talento precoz del cronista Luis Tejada—, la constituye la generación de Piedra y Cielo, llamada así por el libro homónimo de Juan Ramón Jiménez.

Referir los aportes de este grupo liderado por Eduardo Carranza puede resultar contradictorio, en cuanto la línea de avanzada hacia la contemporaneidad es interrumpida de súbito por estos jóvenes poetas que deciden impugnar el legado modernista que, sin embargo, cultivan con un lirismo anticuado también y dan la espalda a las novedades del lenguaje y la política con versos tradicionales. No abandonan, antes regresan a las formas y metros de la poesía clásica española. El soneto fue su principal instrumento.

Por supuesto, lo que se juzga anacrónico en ellos no es la voluntad de seguir el modelo peninsular sino su repliegue frente a la vanguardia, que se tradujo en un rechazo directo al espíritu de cambio y la necesidad de renovación emprendida por quienes les precedieron en la escena literaria. Un caso tenido ya en cuenta por la historiografía nacional lo representa el antimodernismo de Luis C. López (1879-1950).

Para la década del 60 el diálogo cultural ya es más abierto y cosmopolita, mediante referentes distintos a lo hispánico, que desde luego no se desdeña. Hoy en día resulta significante el reconocimiento a los intelectuales agrupados alrededor de la revista Mito, fundada por Jorge Gaitán Durán (1924-1962) y Hernando Valencia Goelkel (1928-2004) en 1955. En esta revista publicaron sus primeras obras Gabriel García Márquez (1927), Álvaro Mutis (1923), Fernando Charry Lara (1920-2004), Héctor Rojas Herazo (1921-2002), Eduardo Cote Lamus (1928-1964) y Rogelio Echavarría (1926), además del dramaturgo Enrique Buenaventura (1925-2003) y los ensayistas Hernando Téllez (1908-1966) y Rafael Gutiérrez Girardot (1928-2005). Quizá nunca antes había ocurrido que una publicación literaria ejerciese una influencia tan decisiva en la vida política y cultural de un país caracterizado por la ausencia de reflexión creativa y pensamiento crítico.

Asimismo, pero de otro modo, y contra el espíritu conservador de la sociedad colombiana y las ideas religiosas tradicionales, el Nadaísmo reacciona en 1958, con procedimientos estéticos muy particulares. En efecto, de la pluma de Gonzalo Arango, su profeta fundador, surge un movimiento plenamente programático de ideas y acciones beligerantes. A su actitud contestataria frente a las instituciones de un país elitista y clerical pronto se suma la irreverencia y el ingenio de unos muchachos de provincia que suscriben poemas, artículos, proclamas y manifiestos desde ciudades como Medellín y Cali.

El Nadaísmo cuenta ahora con detractores que cuestionan la valía estética y el aporte literario de sus obras, pues al parecer no pasaron del escándalo y la euforia iniciales, lo cual hizo creer que se trataba de una vanguardia necesaria, aunque extemporánea, tardía; pero también coinciden en reconocer el significado del gesto desafiante frente al poder. Esto contribuyó sin duda a revitalizar la poesía del momento con ideas libertarias, oralidad y humor, antes ausentes en el acontecer de las letras.

Ese medio siglo en Colombia, aquí comentado, es la confluencia transitoria y la convivencia en disputa de tres generaciones de poetas. Piedra y Cielo aún en la escena y al frente de medios informativos que le otorgan reconocimiento institucional; Mito y la interlocución creciente de su revista con la intelectualidad de Latinoamérica y Europa, además de la incursión de algunos de sus miembros en la vida política del país; y el Nadaísmodiscutiendo y consintiendo en algunos momentos con todos desde la margen concedida por los periódicos de la capital y mediante la provocación provinciana de sus desafíos públicos poco tenidos en cuenta como serios.

Un acontecimiento clave en el balance de este período es el asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán, ocurrido el 9 de abril de 1948, evento que parte en dos la historia contemporánea de Colombia y suscita pronto un ambiente de reacción crítica en la vida cultural y desata otra oleada de violencia en los campos. Aunque pasado el suceso sigue el tiempo nublado en lo que respecta a la política bipartidista del Frente Nacional (creado a partir de una alianza infame de poderes tradicionales que suprimió toda oposición), lo cual llena de inconformidad y desesperanza al país, y en particular a los jóvenes que no se identificaban con las hegemonías de turno.

Semejante al resto de países latinoamericanos, un espíritu de rebelión y esperanza caracteriza la década de 1970 en Colombia. Por estos años surge un grupo de poetas nacidos en pueblos y ciudades intermedias del país, que jamás militó de manera conjunta, pero que sí logra conformar una generación nueva llamada con distintos nombres, siendo desencantada el primero y el más recurrente.

En este punto cabe anotar que la presencia entre ellos de un poeta insular como Aurelio Arturo, nacido en 1906 y por esa condición miembro posible pero ausente de Piedra y Cielo y alejado también de Mito, signa de un modo rotundo la transición que sufre la poesía colombiana de 1950 a 1970.

Los poetas de la generación sin nombre o desencantada —llamada también de Golpe de dados, por la revista que funda y dirige Mario Rivero en 1972—, reconocen a Aurelio Arturo no sólo como maestro sino como su amigo. Una prueba es que Arturo integra el comité editorial de esta publicación desde su inicio y hasta que lo permitió su muerte ocurrida en 1974. La primera entrega de Golpe de Dados da a conocer los poemas que Arturo mantenía inéditos.

Autor de Morada al sur, una obra en suma breve y depurada, Aurelio Arturo será junto a Álvaro Mutis (1923), Giovanni Quessep (1937) y Juan Manuel Roca (1946), el poeta de mayor incidencia en el devenir de la lírica contemporánea de Colombia. Claro está, cada uno de los mencionados representa una tradición diferenciada por sus orígenes y procedencia. Arturo vinculado a la poesía inglesa y norteamericana, con el paisaje natural y espiritual del sur del país; Mutis ligado a la poesía francesa y a los espacios del trópico o “de tierra caliente” de los ríos, selvas y páramos andinos; Quessep en diálogo con la tradición moderna y clásica como la poesía italiana y los ámbitos culturales de referencia árabe y Roca en principio tentando los predios del surrealismo y la imaginería plástica.

Desde un panorama sucinto de relaciones entre literatura e historia social, la muestra adjunta de 10 poetas colombianos representa acaso los últimos momentos generacionales descritos bajo la mirada de contexto, en la cual prima como gesto distintivo la diversidad temática y de estilos, la actitud y el sentimiento de aceptación o rechazo frente a la tradición nacional.

Respecto de esta condición heterogénea que alimenta lo disímil, a partir de último tercio del siglo pasado, cabe reparar en la ironía paródica de Jaime Jaramillo Escobar (1932) que constituye un rasgo sugestivo de la poética nadaísta, como lo es el lenguaje conciso y la expresión exacta de José Manuel Arango (1937-2002) para mirar el mundo desde la contemplación rigurosa del pensamiento.

Otro caso singular es el metro clásico recuperado por Giovanni Quessep que va por lugares olvidados o desconocidos, donde la música verbal es una trama de imágenes inusuales y sentidos inéditos. En la orilla opuesta de la expresión refinada y las referencias cultas se ubica Raúl Gómez Jattin (1945-1997), a quien le correspondió como destino habitar la intemperie y entablar un pleito con la existencia. Preso de una belleza ulcerada, su lenguaje es áspero y sensible, exhibe sin pudores morales la desnudez de los sentimientos con lo cual retrata el universo personal de carencias y potencias afectivas.

La poética de Juan Manuel Roca en cambio es de un habitante del lenguaje. Su imaginería deslumbra por ser laboriosa y a la vez natural, fluye sin artificios retóricos. Explorador incesante de registros nuevos concentra sus búsquedas en la palabra creadora, cuyo instrumento principal es la metáfora.

En el conjunto plural de la generación Desencantada como es evidente reinan el desengaño y hasta la desesperanza. Ambos sentimientos del tiempo convierten la voz de María Mercedes Carranza (1945-2003) en el referente de un país en crisis y la crítica social de los problemas y conflictos, a veces sin salida posible, se constituye en una opción ética. La ironía viene a ocupar el centro de una conciencia literaria de realidades disonantes.

Por su parte, Horacio Benavides (1949) recorre con su palabra prístina los predios de la infancia sin idealismos vacuos, donde la fauna y las experiencias con la naturaleza devuelven el sentido perdido del mundo actual. Y afín de una poética de lo cotidiano, Piedad Bonnett (1951) no sólo describe sino que inscribe el mundo afectivo con sus marcas íntimas en un horizonte compartido por la experiencia de la vida.

Finalmente, Carlos Vásquez (1953) y Gabriel Jaime Franco (1956) encaran el problema de la escritura como un conflicto donde el silencio y el decir se traducen en un asunto de reflexión de la condición posmoderna. No se está frente a la enunciación de una aporía sino de ver las contradicciones constitutivas de lo humano en el lenguaje. Por ello los vínculos del verso con el pensamiento y el razonar filosóficos.

Coincide la crítica en afirmar que a partir de los años 70s, la poesía colombiana se caracteriza por no contar ya con movimientos o tendencias grupales, a modo de generaciones como antes ocurría. Ahora se trata de considerar los rasgos particulares de una tradición insular que se bifurca en diferentes sentidos. Uno de estos caminos es el que transitan los poetas nacidos a partir de 1950, dueños de una voz propia y una herencia literaria múltiple, remozada de nuevo por la persistencia de la violencia con que Colombia lidia en el campo político y social del siglo XXI.

 

BOG114 - CARTAGENA (COLOMBIA), 28/03/07.- El poeta colombiano Giovanni Quessep posa durante una entrevista en el marco del IV Congreso Internacional de la Lengua Española, hoy, miércoles 28 de marzo, en Cartagena. El Instituto Cervantes y el Círculo de Lectores presentaran su obra completa. EFE/Guillermo Legaria

 

GIOVANNI QUESSEP

(1937)

 

Galaxia Gutember/Círculo de Lectores edita en Barcelona el volumen Metamofosis del jardín. Poesía reunida (1968-2006) que reúne diez libros publicados junto a uno inédito titulado Hojas de la sibila. Obtiene el Premio Nacional de Poesía “José Asunción Silva” en 2004 y la Universidad de Antioquia le concede el Premio Nacional de Poesía por reconocimiento en 2007.

 

 

 Canto del extranjero

 

Penumbra de castillo por el sueño

Torre de Claudia aléjame la ausencia

Penumbra del amor en sombra de agua

Blancura lenta

 

Dime el secreto de tu voz oculta

La fábula que tejes y destejes

Dormida apenas por la voz del hada

Blanca Penélope

 

Cómo entrar a tu reino si has cerrado

La puerta del jardín y te vigilas

En tu noche se pierde el extranjero

Blancura de isla

 

Pero hay alguien que viene por el bosque

De alados ciervos y extranjera luna

Isla de Claudia para tanta pena

Viene en tu busca

 

Cuento de lo real donde las manos

Abren el fruto que olvidó la muerte

Si un hilo de leyenda es el recuerdo

Bella durmiente

 

La víspera del tiempo a tus orillas

Tiempo de Claudia aléjame la noche

Cómo entrar a tu reino si clausuras

La blanca torre

 

Pero hay un caminante en la palabra

Ciega canción que vuela hacia el encanto

Dónde ocultar su voz para tu cuerpo

Nave volando

 

Nave y castillo es él en tu memoria

El mar de vino príncipe abolido

Cuerpo de Claudia pero al fin ventana

Del paraíso

 

Si pronuncia tu nombre ante las piedras

Te mueve el esplendor y en él derivas

Hacia otro reino y un país te envuelve

La maravilla

 

¿Qué es esta voz despierta por tu sueño?

¿La historia del jardín que se repite?

¿Dónde tu cuerpo junto a qué penumbra

Vas en declive?

 

Ya te olvidas Penélope del agua

Bella durmiente de tu luna antigua

Y hacia otra forma vas en el espejo

Perfil de Alicia

 

Dime el secreto de esta rosa o nunca

Que guardan el león y el unicornio

El extranjero asciende a tu colina

Siempre más solo

 

Maravilloso cuerpo te deshaces

Y el cielo es tu fluir en lo contado

Sombra de algún azul de quien te sigue

Manos y labios

 

Los pasos en el alba se repiten

Vuelves a la canción tú misma cantas

Penumbra de castillo en el comienzo

Cuando las hadas

 

A través de mi mano por tu cauce

Discurre un desolado laberinto

Perdida fábula de amor te llama

Desde el olvido

 

Y el poeta te nombra sí la múltiple

Penélope o Alicia para siempre

El jardín o el espejo el mar de vino

Claudia que vuelve

 

Escucha al que desciende por el bosque

De alados ciervos y extranjera luna

Toca tus manos y a tu cuerpo eleva

La rosa púrpura

 

¿De qué país de dónde de qué tiempo

Viene su voz la historia que te canta?

Nave de Claudia acércame a tu orilla

Dile que lo amas

 

Torre de Claudia aléjale el olvido

Blancura azul la hora de la muerte

Jardín de Claudia como por el cielo

Claudia celeste

 

Nave y castillo es él en tu memoria

El mar de nuevo príncipe abolido

Cuerpo de Claudia pero al fin ventana

Del paraíso

 

 

 

Pájaro

 

En el aire

hay un pájaro

muerto;

quién sabe

adónde iba

ni de dónde ha venido.

¿Qué bosques traía,

qué músicas deja,

qué dolores

envuelven

su cuerpo?

¿En cuál memoria

quedará

como diamante,

como pequeña hoja

de una selva

desconocida?

Pero en el aire

hay un patio

y una pradera,

hay una torre

y una ventana

que no quieren morir

y están prendidos

de su cola

larga de norte a sur.

 

En el aire

hay un pájaro muerto.

No sabrá de la tierra

ni de esta mancha

que todos llevamos,

de las máscaras

que lapidan,

de los bufones

que hacen del Rey

un arlequín perdido.

¿Quién lo guarda,

quién lo protege

como si fuera

la mariposa angélica?

Pájaro muerto

entre el cielo y la tierra.

 

 

 

Un verso griego para Ofelia

 

La tarde en que yo supe de tu muerte

fue la más pura del verano, estaban

los almendros crecidos hasta el cielo,

y el telar se detuvo en el noveno

color del arco iris. ¿Cómo era

su movimiento por la blanca orilla?

¿Cómo tejió tu vuelo de ese hilo

que daba casi el nombre del destino?

 

Sólo las nubes en la luz decían

la escritura de todos, la balada

de quien ha visto un reino y otro reino

y se queda en la fábula. Llevaron

tu cuerpo como nieve entre la rama

de polvo que ya ha oído el canto y guarda

la paz del ruiseñor de los sepulcros.

 

Cerré la verja del jardín, las altas

ventanas del castillo. Apenas quise

dejar entrar el trovador que hacía

agua y laúd y flor de la madera.

Dijo su canto: el tiempo ha destejido

lo que tejió el Señor, tapiz de plata

que ya sucede y anda por la luna,

tapiz que a la madeja vuelve. Sola

podrás hallar la forma que te espera.

 

No sé qué azul de pronto estuvo solo,

no sé cuál bosque dio a la luna amarga

su sortilegio, el girasol hallado

bajo la nieve en viajes que recuerdan

las claras aguas del Mediterráneo.

La tarde en que yo supe que te ibas

fue la más pura de la muerte: estabas

en mi memoria hablándome, olvidada

entre las azucenas y en un verso

de san Juan de la Cruz. Qué cielo había,

qué mano hilaba lenta, qué canciones

traían el dolor, la maravilla

que se asombra de ser en esa hora

en que estalló la luna en los almendros

y quemó los jazmines. Tú venías

por el lado del mar donde se oye

una canción, tal vez de alguna ahogada

virgen como tus pasos en la tierra.

 

Luego te fuiste por mi alma, reina

de fábulas antiguas y de polvo

semejante a las naves que sembraron

de sándalo y de cedro el mar de vino.

Sola te ibas, bella y en silencio,

bella como la piedra; había en tu hombro

un violín apagado. Los almendros

del patio y los jazmines anunciaban

una tormenta de verano. El cielo

quebró el espejo de mi casa y honda

sonó la muerte en el aljibe. Estuve

así, perdido en esa zarza ardiente

que en la memoria oculta a los que amamos.

Vestí de luto azul y quedé solo

 

en vísperas del día más extenso.

 

MMC por Monsalve 2002

 

MARÍA MERCEDES CARRANZA

(1945-2003)

 

Es autora de los libros: Vainas y otros poemas (1972), Tengo miedo (1983), Hola, soledad (1987), Maneras del desamor (1993) y El canto de las moscas (1997). Su Poesía completa la editó la Biblioteca La Sibila (Madrid, 2010). Fue directora de la Casa de Poesía Silva desde su fundación en 1986.

 

 

 Bogotá, 1982

 

Nadie mira a nadie de frente,

de norte a sur la desconfianza, el recelo

entre sonrisas y cuidadas cortesías.

Turbios el aire y el miedo

en todos los zaguanes y ascensores, en las camas.

Una lluvia floja cae

como diluvio: ciudad de mundo

que no conocerá la alegría.

Olores blandos que recuerdos parecen

tras tantos años que en el aire están.

Ciudad a medio hacer, siempre a punto de parecerse a algo

como una muchacha que comienza a menstruar,

precaria, sin belleza alguna.

Patios decimonónicos con geranios

donde ancianas señoras todavía sirven chocolate;

patios de inquilinato

en los que habitan calcinados la mugre y el dolor.

En las calles empinadas y siempre crepusculares,

luz opaca como filtrada por sementinas láminas de alabastro,

ocurren escenas tan familiares como la muerte y el amor;

estas calles son el laberinto que he de andar y desandar

todos los pasos que al final serán mi vida.

Grises las paredes, los árboles

y de los habitantes el aire de la frente a los pies.

A lo lejos el verde existe, un verde metálico y sereno,

un verde Patinir de laguna o río,

y tras los cerros tal vez puede verse el sol.

La ciudad que amo se parece demasiado a mi vida;

nos unen el cansancio y el tedio de la convivencia

pero también la costumbre irremplazable y el viento.

 

 

 

 Poema de amor

 

A través de una luz irreal

—la cortina azul de la habitación

cerrada a media tarde—

se acerca a la cama.

En estos instantes su cuerpo es inmenso,

sólo el cuerpo existe.

Puedo repetir las palabras entredichas,

la piel que se derrite, el sudor.

Pero en realidad sucede

que mi cuerpo está bajo su cuerpo

—fantasías inconfesables,

manos sabias, miradas inequívocas—

ambos tratando de sobrevivir

cada uno gracias al otro.

Caemos y caemos como Alicia

en un precipicio sin tocar fondo.

Y como Alicia nos detenemos de repente:

ese tenso, inmóvil instante.

El espejo se rompe

cuando oigo su voz que me dice:

“Qué bien lo hemos pasado, mi amor”.

Pienso entonces que debo ocuparme ya

de encender las luces de la casa.

 

 

 

Situaciones

 

De la soledad (1): una mujer camina sin rumbo

horas y horas por la ciudad.

Sin ver mira caras, edificios, el suelo.

Al final de una calle encuentra un teléfono.

Llama, en la habitación desierta

nadie contesta.

 

De la soledad (2): una mujer se encuentra sola

en una habitación con un hombre al que casi no conoce.

Medio recostada contra la pared,

se pasa la mano por la frente y le dice: “ayúdame”.

El hombre se acerca

y la toma entre sus brazos para besarla.

Ella lo rechaza con violencia y huye de la habitación

llorando.

 

Del miedo: una niña de cuatro años

está jugando con un tintero,

la tinta se derrama sobre el tapete.

La madre se acerca a pegarle.

Los ojos de la niñas se abren más de lo normal

y expresan desconcierto y temor.

Esos mismos ojos, treinta años después,

me están mirando ahora en el espejo.

 

De las claudicaciones: una mosca

se golpea torpemente muchas veces contra el vidrio.

Al final cae atontada, haciendo piruetas en el aire:

en la vida, como dopada, me muevo plácidamente.

 

Del amor: un hombre y una mujer se encuentran.

Brevemente se miran a los ojos.

El hombre se marcha y la mujer se tiende boca abajo

sobre la misma cama

en la que tantas veces se acostó con él

y comienza a llorar. Todavía está llorando.

 

De la vejez: una mujer se mira en el espejo.

Desliza los dedos lentamente por el pelo,

levantándolo con suavidad,

se pasa la mano por la cara, también lentamente,

la baja luego a los senos.

Por último se sienta a orinar

y apoyando los codos sobre las piernas

esconde la cara entre la manos.

 

 

 

Cuando escribo sentada en el sofá

(Arte poética)

 

Igual que la imagen de mi cara en el espejo,

en la lisa y lustrada puerta de un armario

me recuerda cómo me ve la luz,

en mis palabras busco oír el sonido

de las aguas estancadas, turbias

de raíces y fango, que llevo dentro.

 

No eso, sino quizás un recuerdo.

¿Volver a estar en uno de aquellos días

en los que todo brillaba, las frutas en el frutero,

las tardes de domingo y todavía el sol?

El golpe en la escalera de los pasos

que llegaban hasta mi cama en la pieza oscura

como disco rayado quiero oír en mis palabras.

O tal vez no sea eso tampoco,

sólo el ruido de nuestros dos cuerpos

girando a tientas para sobrevivir apenas al instante.

 

Yo escribo sentada en el sofá

de una casa que ya no existe, veo

por la ventana un paisaje destruido también;

converso con voces

que tienen ahora su boca bajo tierra

y lo hago en compañía

de alguien que se fue para siempre.

 

Escribo en la oscuridad,

entre cosas sin forma, como el humo que no vuelve,

como el deseo que comienza apenas

como un objeto que cae: visiones de vacío.

Palabras que no tienen destino

y que es muy probable que nadie lea

igual que una carta devuelta. Así escribo.

 

 

(continuará…)

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