Hace algún tiempo, el poeta colombiano Felipe García Quintero presentó en la revista web literaria La Otra, una interesante selección de poetas de su país entre los que recogía una antología de poemas de grandes escritores nacidos en las primeras cinco décadas del siglo XX. Creemos que es importante que se resalte dicha obra, por lo que Vallejo & Co. retomamos dicha publicación. En esta ocasión, es el turno de 2 poetas reconocidos fuera y dentro de Colombia: Jaime Jaramillo Escobar y José Manuel Arango acompañados de una interesante y necesaria presentación.

 

 

Por: Felipe García Quintero

Crédito de la foto: Izq. www.bitacorascubanas.com

Der. www.corpoculturaljosemanuelarango.blogspot.com

 

 

10 poetas colombianos del medio siglo

 

 

Presentación

La poesía colombiana del siglo XX se despliega en una sucesión generacional de grupos e individuos, cuyas poéticas constituyen referentes de identidad y diferencia estética, de continuidad y cambio cultural.

El comienzo de la pasada centuria encuentra a un país devastado por efectos de la “Guerra de los Mil días”, un conflicto civil que enfrentó los partidos liberal y conservador por causa de la derogación constitucional y la imposición de una nueva Carta en 1886, de cuño tradicional y generador de nuevos conflictos. Constitución sólo vuelta a redactar con un espíritu plural e incluyente en 1991, la cual da sustento al actual Estado colombiano.

Además de muerte y pobreza, una consecuencia geopolítica adicional de la entrada de la república a la modernidad fue la separación de Panamá en 1903, hasta entonces un departamento de Colombia. Estos hechos no sólo mancharon de sangre los campos y acentuaron la miseria en las pequeñas ciudades de entonces, también trajeron desesperanza a las conciencias de la generación de escritores que se abría paso con la nueva época, prolongándose así la crisis finisecular.

El suicidio de José Asunción Silva, ocurrido el 23 de mayo de 1896 en Bogotá, hizo aún más necesaria la tarea de leer su obra trunca y dispersa por tantos accidentes e infortunios; a fin de dimensionar su legado, tan reconocido ahora como menospreciado antes por sus contemporáneos que no comprendían, entre otros asuntos, la atracción del decadentismo por la belleza enferma.

Es preciso señalar que fue Guillermo Valencia (1874-1943), miembro de la segunda generación modernista, quien realiza esa primera lectura de revaloración; un asunto vuelto a considerar hace unos años con otros criterios y posturas reivindicatorias, justo cuando se celebraba el centenario de la muerte del autor de “Nocturno III”, gracias a la iniciativa de la Casa de Poesía Silva.

Como queda dicho, en razón de la guerra interna que desoló al país, las fronteras culturales se replegaron a lo endógeno y se cerró todo horizonte de diálogo con otras naciones, incluso las vecinas, haciendo que esa posible mirada hacia afuera se tornara sólo en un diálogo doméstico, sin trascendencia. Pulula entonces una literatura de costumbres, necesariamente raizal. La única excepción hoy vigente de esa tendencia literaria en la región andina, limitada por la intención exótica y la denuncia social, fue en nuestro caso La vorágine de José Eustasio Rivera publicada en 1924.

Junto a las demandas de un compromiso histórico no saldado con las clases subalternas de la sociedad en América, de otras maneras también se prolongó la dependencia cultural con España. Aunque, es un deber decirlo, no todos los jóvenes poetas sufrieron el aislamiento y la incomunicación. Algo de ese aire insurrecto y herido, a raíz del conflicto internacional en Europa, llega a Colombia y produce una apertura en las formas tradicionales y en los temas literarios de entonces.

Hacia los años veinte surgen Los nuevos, con León de Greiff (1895-1976)), Luis Vidales (1900-1990), Rafael Maya (1897-1980) entre otros autores, como reacción a los poetas del Centenario, llamados así por la coincidencia de celebrarse el primer siglo de independencia. A ese grupo de escritores, reunidos en torno a la revista Pánida editada en Medellín, se debe el inicio de una tendencia modernizante de la poesía en Colombia, inaugurada, como señalamos al comienzo, por José Asunción Silva.

El verso libre lo inicia Rafael Maya hacia 1930. Con una mirada irónica y festiva al tiempo, llena de atracción y rechazo, de celebración y crítica de todo lo que ocurría por esos días, Luis Vidales incorpora asuntos nuevos a la lírica en 1926, cuando publica Suenan timbres. León de Greiff, por su parte, de origen nórdico y oído excepcional, entona una música distinta, compleja y rica en referencias léxicas y acentos, que no ha contado con sucesores hasta hoy.

Una reacción conservadora y de repliegue frente al gesto y la intención vanguardista que asoma con Los nuevos —no sólo en poesía sino también en las ideas políticas divulgadas por el talento precoz del cronista Luis Tejada—, la constituye la generación de Piedra y Cielo, llamada así por el libro homónimo de Juan Ramón Jiménez.

Referir los aportes de este grupo liderado por Eduardo Carranza puede resultar contradictorio, en cuanto la línea de avanzada hacia la contemporaneidad es interrumpida de súbito por estos jóvenes poetas que deciden impugnar el legado modernista que, sin embargo, cultivan con un lirismo anticuado también y dan la espalda a las novedades del lenguaje y la política con versos tradicionales. No abandonan, antes regresan a las formas y metros de la poesía clásica española. El soneto fue su principal instrumento.

Por supuesto, lo que se juzga anacrónico en ellos no es la voluntad de seguir el modelo peninsular sino su repliegue frente a la vanguardia, que se tradujo en un rechazo directo al espíritu de cambio y la necesidad de renovación emprendida por quienes les precedieron en la escena literaria. Un caso tenido ya en cuenta por la historiografía nacional lo representa el antimodernismo de Luis C. López (1879-1950).

Para la década del 60 el diálogo cultural ya es más abierto y cosmopolita, mediante referentes distintos a lo hispánico, que desde luego no se desdeña. Hoy en día resulta significante el reconocimiento a los intelectuales agrupados alrededor de la revista Mito, fundada por Jorge Gaitán Durán (1924-1962) y Hernando Valencia Goelkel (1928-2004) en 1955. En esta revista publicaron sus primeras obras Gabriel García Márquez (1927), Álvaro Mutis (1923), Fernando Charry Lara (1920-2004), Héctor Rojas Herazo (1921-2002), Eduardo Cote Lamus (1928-1964) y Rogelio Echavarría (1926), además del dramaturgo Enrique Buenaventura (1925-2003) y los ensayistas Hernando Téllez (1908-1966) y Rafael Gutiérrez Girardot (1928-2005). Quizá nunca antes había ocurrido que una publicación literaria ejerciese una influencia tan decisiva en la vida política y cultural de un país caracterizado por la ausencia de reflexión creativa y pensamiento crítico.

Asimismo, pero de otro modo, y contra el espíritu conservador de la sociedad colombiana y las ideas religiosas tradicionales, el Nadaísmo reacciona en 1958, con procedimientos estéticos muy particulares. En efecto, de la pluma de Gonzalo Arango, su profeta fundador, surge un movimiento plenamente programático de ideas y acciones beligerantes. A su actitud contestataria frente a las instituciones de un país elitista y clerical pronto se suma la irreverencia y el ingenio de unos muchachos de provincia que suscriben poemas, artículos, proclamas y manifiestos desde ciudades como Medellín y Cali.

El Nadaísmo cuenta ahora con detractores que cuestionan la valía estética y el aporte literario de sus obras, pues al parecer no pasaron del escándalo y la euforia iniciales, lo cual hizo creer que se trataba de una vanguardia necesaria, aunque extemporánea, tardía; pero también coinciden en reconocer el significado del gesto desafiante frente al poder. Esto contribuyó sin duda a revitalizar la poesía del momento con ideas libertarias, oralidad y humor, antes ausentes en el acontecer de las letras.

Ese medio siglo en Colombia, aquí comentado, es la confluencia transitoria y la convivencia en disputa de tres generaciones de poetas. Piedra y Cielo aún en la escena y al frente de medios informativos que le otorgan reconocimiento institucional; Mito y la interlocución creciente de su revista con la intelectualidad de Latinoamérica y Europa, además de la incursión de algunos de sus miembros en la vida política del país; y el Nadaísmo discutiendo y consintiendo en algunos momentos con todos desde la margen concedida por los periódicos de la capital y mediante la provocación provinciana de sus desafíos públicos poco tenidos en cuenta como serios.

Un acontecimiento clave en el balance de este período es el asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán, ocurrido el 9 de abril de 1948, evento que parte en dos la historia contemporánea de Colombia y suscita pronto un ambiente de reacción crítica en la vida cultural y desata otra oleada de violencia en los campos. Aunque pasado el suceso sigue el tiempo nublado en lo que respecta a la política bipartidista del Frente Nacional (creado a partir de una alianza infame de poderes tradicionales que suprimió toda oposición), lo cual llena de inconformidad y desesperanza al país, y en particular a los jóvenes que no se identificaban con las hegemonías de turno.

Semejante al resto de países latinoamericanos, un espíritu de rebelión y esperanza caracteriza la década de 1970 en Colombia. Por estos años surge un grupo de poetas nacidos en pueblos y ciudades intermedias del país, que jamás militó de manera conjunta, pero que sí logra conformar una generación nueva llamada con distintos nombres, siendo desencantada el primero y el más recurrente.

En este punto cabe anotar que la presencia entre ellos de un poeta insular como Aurelio Arturo, nacido en 1906 y por esa condición miembro posible pero ausente de Piedra y Cielo y alejado también de Mito, signa de un modo rotundo la transición que sufre la poesía colombiana de 1950 a 1970.

Los poetas de la generación sin nombre o desencantada —llamada también de Golpe de dados, por la revista que funda y dirige Mario Rivero en 1972—, reconocen a Aurelio Arturo no sólo como maestro sino como su amigo. Una prueba es que Arturo integra el comité editorial de esta publicación desde su inicio y hasta que lo permitió su muerte ocurrida en 1974. La primera entrega de Golpe de Dados da a conocer los poemas que Arturo mantenía inéditos.

Autor de Morada al sur, una obra en suma breve y depurada, Aurelio Arturo será junto a Álvaro Mutis (1923), Giovanni Quessep (1937) y Juan Manuel Roca (1946), el poeta de mayor incidencia en el devenir de la lírica contemporánea de Colombia. Claro está, cada uno de los mencionados representa una tradición diferenciada por sus orígenes y procedencia. Arturo vinculado a la poesía inglesa y norteamericana, con el paisaje natural y espiritual del sur del país; Mutis ligado a la poesía francesa y a los espacios del trópico o “de tierra caliente” de los ríos, selvas y páramos andinos; Quessep en diálogo con la tradición moderna y clásica como la poesía italiana y los ámbitos culturales de referencia árabe y Roca en principio tentando los predios del surrealismo y la imaginería plástica.

Desde un panorama sucinto de relaciones entre literatura e historia social, la muestra adjunta de 10 poetas colombianos representa acaso los últimos momentos generacionales descritos bajo la mirada de contexto, en la cual prima como gesto distintivo la diversidad temática y de estilos, la actitud y el sentimiento de aceptación o rechazo frente a la tradición nacional.

Respecto de esta condición heterogénea que alimenta lo disímil, a partir de último tercio del siglo pasado, cabe reparar en la ironía paródica de Jaime Jaramillo Escobar (1932) que constituye un rasgo sugestivo de la poética nadaísta, como lo es el lenguaje conciso y la expresión exacta de José Manuel Arango (1937-2002) para mirar el mundo desde la contemplación rigurosa del pensamiento.

Otro caso singular es el metro clásico recuperado por Giovanni Quessep que va por lugares olvidados o desconocidos, donde la música verbal es una trama de imágenes inusuales y sentidos inéditos. En la orilla opuesta de la expresión refinada y las referencias cultas se ubica Raúl Gómez Jattin (1945-1997), a quien le correspondió como destino habitar la intemperie y entablar un pleito con la existencia. Preso de una belleza ulcerada, su lenguaje es áspero y sensible, exhibe sin pudores morales la desnudez de los sentimientos con lo cual retrata el universo personal de carencias y potencias afectivas.

La poética de Juan Manuel Roca en cambio es de un habitante del lenguaje. Su imaginería deslumbra por ser laboriosa y a la vez natural, fluye sin artificios retóricos. Explorador incesante de registros nuevos concentra sus búsquedas en la palabra creadora, cuyo instrumento principal es la metáfora.

En el conjunto plural de la generación Desencantada como es evidente reinan el desengaño y hasta la desesperanza. Ambos sentimientos del tiempo convierten la voz de María Mercedes Carranza (1945-2003) en el referente de un país en crisis y la crítica social de los problemas y conflictos, a veces sin salida posible, se constituye en una opción ética. La ironía viene a ocupar el centro de una conciencia literaria de realidades disonantes.

Por su parte, Horacio Benavides (1949) recorre con su palabra prístina los predios de la infancia sin idealismos vacuos, donde la fauna y las experiencias con la naturaleza devuelven el sentido perdido del mundo actual. Y afín de una poética de lo cotidiano, Piedad Bonnett (1951) no sólo describe sino que inscribe el mundo afectivo con sus marcas íntimas en un horizonte compartido por la experiencia de la vida.

Finalmente, Carlos Vásquez (1953) y Gabriel Jaime Franco (1956) encaran el problema de la escritura como un conflicto donde el silencio y el decir se traducen en un asunto de reflexión de la condición posmoderna. No se está frente a la enunciación de una aporía sino de ver las contradicciones constitutivas de lo humano en el lenguaje. Por ello los vínculos del verso con el pensamiento y el razonar filosóficos.

Coincide la crítica en afirmar que a partir de los años 70s, la poesía colombiana se caracteriza por no contar ya con movimientos o tendencias grupales, a modo de generaciones como antes ocurría. Ahora se trata de considerar los rasgos particulares de una tradición insular que se bifurca en diferentes sentidos. Uno de estos caminos es el que transitan los poetas nacidos a partir de 1950, dueños de una voz propia y una herencia literaria múltiple, remozada de nuevo por la persistencia de la violencia con que Colombia lidia en el campo político y social del siglo XXI.

 

jaime+jaramillo

 JAIME JARAMILLO ESCOBAR (x 504)

(1932)

 

Miembro del Nadaísmo. Publica Los poemas de la ofensa (1968), Sombrero de ahogado (1984) y Poemas de tierra caliente (1985). En Porto Alegre, Caracas, México D.F. y Valencia se han editados sus Poemas principales.

 

 

Mamá negra

 

Cuando mamá negra hablaba del Chocó

le brillaba la cadena de oro en el pescuezo,

su largo pescuezo para beber agua en las totumas,

para husmear el cielo,

para chuparles la leche a los cocos.

Su pescuezo largo para dar gritos de colores con las guacamayas,

para hablar alto entre las vecinas,

para ahogar la pena,

y para besar a su negro, que era alto hasta el techo.

Su pescuezo flexible para mover la cabeza en los bailes,

para reír en las bodas.

Y para lucir la sombrilla y para lucir el habla.

 

Mamá negra tenía collares de gargantilla en los baúles,

prendas blancas colgadas detrás del biombo de bambú,

pendientes que se bamboleaban en sus orejas,

y un abanico de plumas de ángel para revolver el aire.

Su negro le traía mucho lujo del puerto cada vez que venían los

barcos,

y la casa estaba llena de tintineantes cortinas de conchas y de

abalorios,

y de caracoles para tener las puertas y para tener las ventanas.

Mamá negra consultaba el curandero a propósito del tabardillo,

les prendía velas a los santos porque le gustaba la candela,

tenía una abuela africana de la que nunca nos hablaba,

y tenía una cosa envuelta en un pañuelo,

un muñequito de madera con el que nunca nos dejaba jugar.

Mamá negra se subía la falda hasta más arriba de la rodilla para

pisar el agua,

tenía una cola de sirena dividida en dos pies,

y tenía también un secreto en el corazón,

porque se ponía a bailar cuando oía el tambor del mapalé.

Mamá negra se movía como el mar entre una botella,

de ella no se puede hablar sin conservar el ritmo,

y el taita le miraba los senos como si se los hubiera encontrado

en la playa.

Senos como dos caracoles que le rompían la blusa,

como si el sol saliera de ellos,

unos senos más hermosos que las olas del mar.

Mamá negra tenía una falda estrecha para cruzar las piernas,

tenía un canto triste, como alarido de la tierra,

no le picaba el aguardiente en el gaznate,

y, si quería, se podía beber el cielo a pico de estrella.

Mamá negra era un trozo de cosa dura, untada de risa por fuera.

Mi taita dijo que cuando muriera

iba a hacer una canoa con ella.

 

 

 

Perorata

 

¡Señoras y señores, oh, señores!

Mirad esta caja roja. ¿La veis? En ella traigo mi poema, que se

irá desenrollando ante vosotros, aquí frente a vuestras

miradas, haciendo sonar sus crótalos de colores y estirando

la cabeza para veros mejor y de vez en cuando lanzaros un

picotazo.

Ya la voy a abrir, la estoy abriendo, ya se mueve, poned

atención, el poema empezará a salir pronto de esta hermosa

caja roja con música incorporada, esta caja de sorpresas tan

liviana y tan bella.

Mientras muevo mi mano en su interior para amansar el poema,

os voy diciendo, oh señores: no leáis poemas pesados, ni

ásperos.

El poema tiene que ser flexible, escurridizo, ondulante, con

un cuerpo frío que os estremezca y en la cabeza una boca

capaz de haceros cualquier cosa.

Atención, señores, ya empieza a salir el poema. Mientras sale,

os voy diciendo, oh señores: no comáis poemas calientes; el

buen poema se come frío.

Yo no os traigo la serpiente más larga, extensa, dilatada o

interminable del Amazonas; ni he cazado la flor viva de la

victoria regia; ni este animal tiene pico de tucán.

Señores, oh señores, en el aeropuerto de Medellín

conversaban dos señores: –Mi hijo mayor,

ingeniero, se casó, tienen un niño; Inés Clara, su esposa, un

encanto, de la mejor familia. Pero Luis Carlos, el menor, qué

desgracia, su madre está desconsolada. Hemos hecho todo lo

posible, no tiene remedio, ¡qué desgracia tan grande! Se

dedica a la lectura de poemas, ¿comprende usted, querido

amigo? ¡Y yo que lo creía tan inteligente!

¡Señores, oh señores! Esta caja ha viajado conmigo medio

mundo.

No siempre he puesto en ella ágiles y rebeldes poemas. A

veces también mi muda de ropa. Pero es la caja del poema,

de todos modos. Consideradla si queréis como una jaula. En

ella he llevado el pájaro que no existe.

Los de más cerca, apártense un poco. Los de más allá,

acérquense más. Hagan un círculo perfecto, tómense de las

manos, aquí está saliendo esta cosa verde que es el poema. A

ver, caballero, ¿cuánto cree usted que tiene en su bolsillo?

Déme la mitad y verá el monstruo completo. No es para mí,

es para comprarle la leche a él.

Señoras y señores, en cierta ocasión, andando por un lejano

país, trabé amistad con un poeta local, uno de su provincia,

que no conocía del mundo más que unas cuantas estrellas.

Con una que hubiera conocido bastaba, porque todas son

iguales, pero la cantidad era importante para él. El mundo es

mundo por ser innumerable, me dijo. ¿Qué sería de nosotros

si tuviéramos un solo dios?

Aquí donde me veis, he sido muy recorrido desde niño. Estuve

en el Brasil, donde toda la tierra se llena de sapos después de

los inmensos aguaceros. Del Brasil es esta mano roja con

uñas de oro para la suerte, la suerte buena, porque la mala

me la curaron en Bahía.

Sí señores, caballeros: no temáis. Este verso es un

endecasílabo, bueno para el insomnio; y éstos son tercetos,

contra las quemaduras. Y una décima para el dolor de

cabeza. Dije una décima; no una pócima.

¡Señores, caballeros! He aquí los seres del bosque, pálidos y

mojados entre la lluvia torrencial. En sus cuevas se

esconden, en los troncos vacíos, debajo de las hojas grandes

se esconden, pero el aguacero implacable crece. Fabricad

una casa para el tapir, un palacio para el tigre. Los seres

alados con sus alas se cubren, pero el Padre y el Hijo sólo

tienen un delgado manto, todo ensopado.

Os voy a decir, señores, sí, os lo voy a decir, qué es lo que hace

el poeta:

Poner una veleta en la ventana para desorientar a los pájaros.

Labrar peces de hielo para cambiárselos al Mar por peces

verdaderos.

Guardar granizo en la bodega para comer en verano delante de

los amigos.

Descubrirse ante el ventarrón y entregarle su paraguas al revés.

Borrar con la manga las manchas de sombra en los cristales.

Subirse en una silla de tijeras para pintarle bigotes a la luna.

Escudriñar el horizonte para ver si en el viento hay un señor

con cabeza de pájaro.

Decirle a la Aurora dónde vive un malvado para que no pase

por el patio de su casa.

Cuando el arco iris aparece, ir y amarrarlo de pies y manos para

ver cómo brilla de noche.

Pescar antenas de televisión y rajarles el buche para sacarles

todas las imágenes de mujeres que se han tragado.

Colocar faros de espejo en la alcoba para los grandes bacalaos

de ojos de reina.

Ir a contemplar los negritos en la playa, que le arrancan

mechones a una nube de verano para hacer ovejas con cara

de cera negra.

Para hacer palomas con pico negro. Para que sus mamás les

regañen por haber dañado el cielo.

Si se encuentra un cocodrilo cantar himnos con él, y en general

cantar con todos los seres, hasta con una máquina que es tan

fiera, o con un ángel supersónico.

Hacer al jardín la visita de cortesía.

Manejar el agua con el dedo chiquito y decir todo lo que le dé

la gana, que para eso es poeta.

No dejar nunca de pensar en lo que está oculto, a fin de

descubrirlo. El poeta es el que saca un sombrero del buche

de un conejo.

Y muchísimos otros trabajos que no revelo para que vosotros

no aprendáis el oficio de poeta.

Os han dicho, sí, yo sé, os lo han dicho, lo que es la poesía. La

poesía es todo eso que os han dicho, y también esta cajita

roja vacía en la que, como podéis verlo, no hay nada,

absolutamente nada, sino ella misma sola por dentro.

Adiós, señores, ya me voy. Viene la policía. Os dejo mi

sombra.

José Manuel Arango - 21  

JOSÉ MANUEL ARANGO

(1937-2002)

 

Sus traducciones se recogen en los volúmenes: Tres poetas norteamericanos: Withman, Dickinson, Williams (1991), En mi flor me he escondido de Emily Dickinson (1994) y El solitario de la Montaña Fría de Han-Shan (1994). Publicó los libros de poesía: Este lugar de la noche (1973), Signos (1978), Cantiga (1987) y Montañas (1995). En 2009 la Biblioteca Sibila edita en Madrid un volumen con toda su obra. La Universidad de Antioquia lo distinguió en 1988 con el Premio Nacional de Poesía.

 

 

XXXVI

 

a veces

veo en mis manos las manos

de mi padre y mi voz

es la suya

 

un oscuro terror

me toca

 

quizá en la noche

sueño sus sueños

 

y la fría furia

y el recuerdo de lugares no vistos

 

son él, repitiéndose

soy él, que vuelve

 

cara detenida de mi padre

bajo la piel, sobre los huesos de mi cara

 

 

 

 TEXTO

1

 

la ciudad: un desierto dorado

por la luna

las calles

son líneas de una mano

abierta

 

en algún lugar alguien lee

un libro extraño como el silencio

 

ese rostro, la llama móvil

que lo multiplica: los ojos

que sostienen en vilo

la plaza desierta

 

 

2

 

una mujer en tanto

con el pelo revuelto

y los rasgos quebrados

borrosos de sueño

habla: grita

palabras olvidadas

y la boca se le llena de sombra

 

mundo de hielo

crujen

y se derrumban

en el origen de sus terrores

 

 

3

 

por la avenida de farolas

las copas de los cauchos

retiemblan

con un temblor de plata

bajo el viento, bajo la luz

 

blanca

el índice entre el libro, ahora

cerrado, no señala

 

 

4

 

cerca de la ventana iluminada

un aleteo roza el muro

de piedra

 

la mujer sueña

sueños tranquilos

 

y en silencio, extraño como un libro

también la ciudad es un texto

 

 

 

 Figura de ciego con guitarra

 

Los que lo oyen cantar todos los días —distraídamente, de paso para sus asuntos— tal vez no adviertan el deterioro de la voz a medida que envejece, ni cómo el pulso es cada vez más inseguro en el encordado.

 

Pero yo, que sólo de cuando en cuando vengo a la plaza, y únicamente para averiguar si todavía sigue vivo, yo sí que lo advierto.

 

Es notoria, sobre todo, la furia con que la vieja mano, terminada la canción, se aferra al hombro del lazarillo.

 

 

 

La bailarina sonámbula

 

Hay un texto de José Lezama Lima en el que aparece una bailarina sonámbula. La frase, como es frecuente en el escritor cubano, nos sorprende como destello verbal, como súbito. La bailarina no es un asunto de una narración ni motivo de un poema. Es una imagen que cruza entre una sucesión de imágenes, un miembro singular en un una enumeración de prodigios.

Y, no obstante, resume y cifra la poética de Lezama. La poesía debe ser un baile. El ritmo, la música le son consustanciales. Si la prosa corresponde al caminar llano, la poesía corresponde a la danza. Debe pues empinarse, alzarse un tanto del suelo, levantarse sobre la prosa de la vida ordinaria como la bailarina se pone en puntas de pies.

Pero no es un vuelo. La bailarina no vuela. Es casi como si fuese a volar, a despegarse del suelo, pero el gesto es a medias irónico, no trata de engañar, no sugiere ninguna elevación fingida. Así como el baile nace de la marcha, es como un andar tocado por la música y regulado por el ritmo, así la poesía debiera nacer de la vida común, de sus situaciones y experiencias. La bailarina, excepto por la breve duración de un salto, mantiene los pies en tierra.

Por otra parte están la hora, la oscuridad necesaria, el sueño. Es de noche, naturalmente. Sólo en la noche puede darse el baile de una sonámbula. Tal vez sale a bailar por las calles, aunque no se sabe de nadie que la haya visto. El baile comienza en el sueño y en cierto modo se mantiene dentro de él. Pero en cierto modo es también más que el sueño y se arranca de él. Es sabida posición de Lezama frente al surrealismo, hecha de atracción y de desconfianza, de aceptación y negación. Él no concebía el poema como una ganancia en aguas revueltas. Quería la vigilancia, la búsqueda activa. La bailarina sonámbula lleva los ojos abiertos.

Y si es verdad que baila en sueños, también lo es que sus movimientos han sido disciplinados por un largo aprendizaje, por una cuidadosa artesanía podríamos decir con una palabra que a Lezama le era grata. Porque la poesía es como un baile sonámbulo, una conjunción de mesura y sueño.

 

(continuará…)

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